Desde el comienzo del invierno (marcado por un vendaval que de un golpe dejó los árboles sin hojas), toda la familia hemos sentido la llamada de las matas, o la imperiosa necesidad de no salir de la cama hasta Febrero por lo menos.
Para mí, lo peor de Diciembre no son las bajas temperaturas (aún no hemos visto temperaturas negativas) o que a las tres y media sea de noche. Las fotos que muestro fueron sacadas a mediodía. El solo está tan bajo que parece a punto de ponerse. Las flechas señalan al sol.
Haga buen tiempo o no, vivimos en un anochecer continuo. La lluvia no se evapora, la gente no se despierta y mi reloj de pulsera solar se recarga con la lámpara de la mesilla de noche. Mientras que más al sur pedimos jornadas cortas en verano prometiendo recuperar la productividad en los meses fríos, en las Highlands el sueño es echarse a dormir hasta que el sol vuelva a ponerse a las once de la noche.
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Otro cambio que he notado es que la gente aparenta más joven. En mi primera salida al pub con los compañeros de trabajo las pintas dieron paso a las preguntas indiscretas. Una compañera de Londres se puso a calcular a ojo las edades de los asistentes. Yo coincidía en silencio con sus impresiones. Siempre fallamos en al menos seis años. Supongo que la falta de sol retrasará las arrugas, pero lo que ya no veo es por qué nadie (ahora ni siquiera yo) tienen bolsas bajo los ojos.
Finalmente, aunque siendo española me he acostumbrado en seguida, al venir de Glasgow he notado que donde faltan estatura y arrugas sobran palabrotas.
En fin. También hay diferencias en la arquitectura, el idioma o la comida, pero por hoy ya llega. Las mantas me reclaman. Al menos se acerca el solsticio de Invierno.










