El viaje concluye, y Delhi es la última etapa. Aquí remata este oleaje de descubrimientos que aún nos reserva unas horas intensas antes de la despedida.
El hotel está atestado de gente y el calor húmedo no ceja en su opresión. La ciudad transpira a borbotones de claxon, dejándose recorrer por un fluido denso de motores y personas; se convulsiona o serena según el barrio y, en mutación perfecta, bien conmueve con una escena de carencia extrema o bien se muestra soberbia con sus joyas arquitectónicas.
Como células sanguíneas enquistadas en el metálico artilugio con aire acondicionado, discurrimos por las venas de la metrópoli haciendo recesos frecuentes.Nos detenemos a ver el Mausoleo de Humayun. Nos tomamos con tiempo el recorrido por el complejo de QUTB: sentimos su antigüedad entre sus ruinas de 1198 y fotografiamos su emblemático minarete, al que sus 72 metros de altura le hacen no tener rival en todo el globo.
También visitamos el RAJ GHAT, donde un fuego de imperecedera llama recuerda al libertador de la India, Mahatma Ghandi. Su mausoleo es de geometría sencilla en mármol negro, rodeado de un entorno de plácido aire y verde suelo.
Con cierta fatiga y mucha satisfacción, entrada la noche, celebramos la última cena y despedimos a la vieja y nueva Delhi, a la legendaria y emergente India, a la infinita nada de un todo precario... pero siendo sabedores de que una despedida así, jamás es un adiós.





































