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08 febrero 2018

Empiezan los Juegos de Invierno

Nunca me ha interesado el deporte de competición. La última vez que participé en un evento deportivo fue de traductora y la última vez que vi uno debió de ser Barcelona 92. Hoy espero impaciente al principio de los Juegos Olímpicos de Invierno. La culpa es mía, por haber parido, y de Javier Fernández.

Con cinco años llevé a Jueves a patinar sobre hielo por primera vez. No me soltó la mano, no dejó el bordillo, las pasó canutas. Pero nunca la vi tan triste como cuando se tuvo que sacar los patines. La siguiente vez aprendí y fuimos en el horario del club de patinaje artístico. Nos apuntamos juntas a las clases. Con el tiempo, la pista le ha dado seguridad, amistades y una medalla de oro.

Las competiciones deportivas se viven de una forma bastante irritante en estas tierras. Mientras que España es un país que se regodea en sus derrotas y miserias, el Reino Unido (y muy en especial, Inglaterra) mira al pasado y sólo ve victorias. Siempre es un ultraje cuando la selección inglesa pierde un mundial (y otro, y otro) de fútbol. Así, no aspiran a ninguna medalla en patinaje, pero hasta los medios más "neutrales" se llenan la boca con las que ganaron la pareja de Torvill y Dean hace más de veinte años, mientras animan a los medianamente decentes Coomes y Buckland. Aunque Javier Fernández quedó cuarto en las últimas olimpiadas, al hacerlo en una disciplina en la que los británicos no tienen nada que rascar (individual masculino), no existe.


Fernández con la rutina preferida de Jueves, por ser "técnicamente difícil, pero también divertida".

Pero Javier no es un atleta cualquiera y mi hija lo puede entender. La pista a la que va Jueves se reparte entre sesiones para los tres equipos de curling, tres de hockey, cuatro de patinaje sincronizado y las de patinaje artístico (junior y senior), así como las sesiones abiertas al público. El hielo se acondiciona de forma diferente para cada disciplina y eso cuesta tiempo y dinero. Por todo lo anterior, a Jueves sólo le quedan dos horas semanales para practicar. Además, el día en que tenga que pasarse a los patines profesionales tendremos que ir a la tienda especializada más cercana, que está a dos horas en coche sólo ida. Fernández empezó en una de las apenas ocho comunidades autónomas con pistas de hielo permanents (Madrid, cinco, la mitad que en Escocia con dos millones de habitants menos). Aunque ahora entrene en Canada, compartir podio con canadienses, rusos o japoneses con tan pocos medios (a saber cómo consiguió el tiempo de entrenamiento, los patines, los trajes, etc) demuestra un talento y un tesón descomunales.

En resumen. Estos Juegos Olímpicos no son sólo la oportunidad de estimular a mi hija viendo a los mejores en su deporte favorito, es una lección de cómo el tesón nos puede llevar a alcanzar lo imposible y de cómo la humildad o el orgullo de un país (o persona) no siempre se corresponde con su auténtica valía.


Este equipo no es especialmente conocido, ni practica una disciplina olímpica, pero son algunos de nuestros héroes locales.

02 mayo 2015

El mundo de David Jiménez


Conocí a David Jiménez en los Encuentros Eleusinos en Kampot (Camboya), dirigidos por Fernando Sánchez Dragó y, el también escritor, Javier Redondo Jordán como organizador de los mismos. Fue su conferencia corta, sin malabarismos dialécticos, una exposición realista de los pueblos del sudeste asiático y de su trabajo de corresponsal en ellos. Las preguntas fueron  muchas y  las respuestas concisas e inteligentes, con justa posología de crudeza, humor y buen tino. Pero fue en la larga sobremesa de la cena cuando la personalidad y oficio del periodista se nos manifestaron más cercanos. El río Kam Chay  discurría casi a nuestros pies, haciéndonos llegar su tibia brisa para refresco de los cuerpos y quietud del ánimo. Y hablamos de Camboya, Birmania, Tailandia, Laos, China;  de costumbres, de regímenes y de libros… de sus libros, que yo no había leído. Y las palabras deambulaban entre la espuma de cerveza, la magia de la noche y la realidad en su desnudez. Inolvidable. Eran los primeros días del mes de enero de 2014.
 
     Seis meses más tarde, El Club de Lectura de la Vaquería de Violeta Dávila, en Madrid, me invita a una  de sus reuniones donde serán comentados los libros de David Jiménez y él estará presente. Para entonces yo ya los había leído. A la hora en punto mi dedo hacía sonar el timbre del chalé elegido para la charla y que desinteresadamente uno de los habituales a estos eventos había ofrecido (gracias Rafa). No tardó en llegar el corresponsal del diario El Mundo en Asia por más de 15 años… Sin aspavientos, natural, cortés y contento: unos días atrás le habían concedido una beca en la Universidad de Harvard que le obligaba a cambiar Asia por América durante un año. Ya el sol se acercaba a poniente cuando nos sentamos en la terraza a escucharle. Nos pormenorizó detalles de sus libros, acicates y trabas para escribirlos, esfuerzo realizado y esperanza de buen futuro. Comimos emparedados, bebimos vino y cerveza, comentamos, opinamos y preguntamos. No olvidamos hablar del porvenir del periodismo y de su ética. Casi cuatro horas más tarde nos despedíamos; deseándole feliz estancia en Boston y prometedor retorno a España. La ciudad dormía y yo sentía el regocijo de un día aprovechado, la satisfacción de haber conocido mejor a este hombre: su mesura, su decencia, su agudeza de bizarro reportero, y, sobre todo, su discreta humanidad.




Dentro de unos días se hará cargo de la dirección de uno de los periódicos más leídos en España y tal tarea en poco se parece a lo anteriormente realizado. No dudo de su valía, tesón, entusiasmo y capacidad de trabajo, pero el devenir periodístico está lleno de nubarrones amenazantes y vaticinios turbulentos… ¡Suerte, maestro!


17 julio 2014

El negocio del cancer ¿El desenlace?

Hace unos meses comentaba perpleja la fusión de dos pequeñas ONGs en una colosal máquina de hacer dinero, que en teoría debía ir destinado al hospital oncológico para el que trabajo.

Desde entonces, las paredes se han seguido llenando de carteles alabando a algunos miembros de la fundación. También han tenido baile de gala en Westminster y otro para plebeyos en el restaurante indio de la esquina. La última noticia fue el "escándalo del maratón": exigieron un mínimo de diez libras de entrada y un mecenazgo de al menos ochenta para correr por la calle. La exigencia duró semanas, hasta que llegó una carta a los participantes informando que ya no había recaudación mínima y que los niños iban gratis.


Pero la curiosidad a veces me mata y cuando la directora de la guardería de Jueves preguntó si sabíamos de ONGs para las que organizar un evento de recaudación, voy de Judas y le paso uno de los folletos que empapelan mi vida laboral. Eso sí, rogando que pidiesen un proyecto concreto -lo contrario de lo que la ONG recomienda-.

Después del evento fui a la oficina de donativos. La directora de la guardería me dijo que nadie había mostrado interés en donar para algo concreto, así que por mi cuenta pregunté si podía ir al equipo de Pediatría y si podíamos saber en qué se gastaba el dinero. Para mi sorpresa, la sonrisa fue enorme. La idea de niños ayudando a niños les pareció buenísima y me dijeron que si les daba dos días, me dirían exactamente qué proyectos tenían. Cumplieron su palabra: pedían juguetes y actividades para la sala de espera, regalos para los niños que terminan la radioterapia o que la tienen durante las Navidades y juegos específicos para ayudarles a pasar el trance. El jefe del departamento de Donaciones sugirió que la guardería contactase con la gerente de planta si quería saber más. Todo sin saber qué había en el cheque.

Al tener los detalles, la directora de la guardería se emocionó tanto que aumentó el donativo. Está recabando información sobre cáncer y radioterapia para que los niños entiendan mejor lo que su ayuda significa y ya planea otro evento para Navidad. La ONG le va a enviar parte de ese material, una carta de agradecimiento y globos y lápices para los niños.

Por mi parte, pocas veces me ha reportado tanto el donar unos minutos del descanso de la comida como con las visitas a la oficina de la ONG. Siguen siendo una gran corporación que quizá derroche en publicidad, pero al menos dan transparencia si la pides.

22 marzo 2014

Todo por la vida

Militar. Pocas profesiones están tan estereotipadas. A esta palabra un norteamericano asocia "Nacido el cuatro de Julio", "Apocalypse Now", o "Jar Head". Aquí en Gran Bretaña piensan en los soldados de las dos Guerras Mundiales o Afganistán. En España, en Franco, Tejero o el rey. O soldados o generales, nada en medio. Y siempre con el arma en la mano.
¿Militar? No, pediatra.

Pocos son los que a este oficio asociarán nombres como el de Leo Tolstoy, Antoine de Saint-Exupéry, Miguel de Cervantes o Ignacio de Loyola. Para nota queda el reconocimiento del mecenazgo del Real Colegio de Artilería de Segovia (España), gracias al cual el farmacéutico Louis Proust dispuso de uno de los laboratorios más avanzados de su época (en España) y desarrolló su ley de proporciones definidas (o "Ley de Proust"), pilar de la química moderna (en serio, ocurrió en España).

Quizá por lo anterior, la vida de un militar parece que vale menos. ¿Acaso no le pagan por matar?¿Acaso no lo han elegido libremente? Por eso, o cambian de trabajo, o poca gente recordará al Capitán Pena, la teniente Ortega, el teniente Ruiz, el sargento Caramanzana o el sargento Ojeda del Ejército del Aire. Su helicóptero se estrelló el miércoles entre Gran Canaria y Fuerteventura mientras practicaban ejercicios de salvamento marítimo. El sargento Ojeda está físicamente bien, pero sus compañeros siguen desaparecidos. Cinco jóvenes que, como muchos otros, trabajaron duramente para formarse en ayudar en caso de tragedia. Entraron en el Ejército para arriesgar su vida salvando la de otros. Esto, para ellos y para muchos más, es el significado de "Todo por la Patria".

Este vídeo explica el trabajo diario de los tripulantes del helicóptero siniestrado:



Lealtad, sacrificio, tesón, compañerismo. Características indispensables para hacer el trabajo que estas cinco personas eligieron. Desde aquí, mi agradecimiento a ellos y a sus familias.

18 marzo 2014

La vida continúa

Un día como otro cualquiera, año arriba, año abajo, María, la Pirata, el Gordito y la Pelona se preparaban para una dura misión: conquistar cada adoquín del parvulario, inundar de témpera todo cuadro del mandilón, derramar hasta la última gota de mercromina por el preciado Plastidecor color carne y no perdonar ni una merienda de pan con chocolate. Lo lograron. Un año después, la preciada recompensa: 1º de EGB.

El primer día de colegio, el Gordito fue a la mesa de sus amigas arrastrando una pequeña sombra. "Lo encontré en el ascensor. Mi madre y la suya me dijeron que cuidase de él". Detrás del rechoncho niño había otro más bajito y de saltones ojos azules: Pancho.

María desapareció de escena, fue sustituida por Chochona, una sonrosada niña de pueblo con el desparpajo de quien pasa horas en el bar de su padre. El Gordito empleaba sus días suspirando por jugar con las muñecas que las profesoras le quitaban mientras liquidaba la comida de los amigos más inapetentes. Para la Pirata, el único par de gafas de la clase y un parche de color carne que hacían desaparecer su ojo unos días a la semana no eran suficiente misterio para distraer de sus calcetines que, a juicio de los demás, eran los más cortos jamás vistos. La Pelona, con la melena más larga de la clase, la lengua más activa y el ademán marimandón de hija única, dirigía la orquesta. Pancho, tranquilo y aplicado, intentaba también imponerse, pero sus intentos eran arrollados por el torrente verbal de la Pelona.

Pasó el tiempo en el colegio. La Pelona se fue y volvió. La Pirata se marchó, pero no regresó. El Gordito siguió fiel a su promesa y no dejó a Pancho.

En el patio del instituto reinaba la ley de "los chicos con los chicos, las chicas con las chicas". Perfecto para la Chochona, que se zambulló en la nueva vida sin problemas.

Para el Gordito, el nuevo orden obligaba a amigar a gente que lo llamaba niña o maricón. A Pancho lo ataba a un balón de fútbol en el que no tenía interés.

Para la Pelona, las chicas eran demasiado agresivas. Un día, ante la perspectiva de otro recreo discutiendo sobre caracolillos rebeldes en el pelo y la mejor forma de atarse un jersey a la cintura sin marcar culo, cogió su carpeta clasificada y se metió en la biblioteca.

Pasaron semanas, quizá meses. Pancho y el Gordito veían a la Pelona meterse en la biblioteca a diario. Sola. Feliz. ¿Por qué no probar? Ya eran tres, pero aquello no estaba en la naturaleza del Gordito, que persuadió a los otros dos para salir a pasear.

El nuevo grupo llamaba la atención. Dos chicos y una chica. Caminaban. Unas veces charlaban, otras no. Con el tiempo, más gente se les fue uniendo. A veces eran doce, a veces uno solo. Debates, chistes, confidencias o silencio, no importaba.

Media vida más tarde, la Pirata no lleva gafas, parche ni calcetines encogidos. Es reportera en un periódico local. La Chochona es cuentacuentos y recuerda con añoranza su pasado como Miss España Gorda. El Gordito comparte su vida desde hace más de una década con otro hombre. Trabaja en un supermercado del extrarradio donde pocos sospechan que su padre le ha dejado en herencia ser accionista mayoritario de una de las mayores cadenas de alimentación de España. Pancho es médico recién casado en un hospital de la meseta. Continúa su amistad con la Pelona, que escribe en este blog.

Hace unos días recibí una carta. La mujer de Pancho ha tenido un bebé. Normalmente, la creación de otra vida me la refanfinfla. Ésta no. Pancho ha elegido a una mujer que merece su enorme lealtad, honestidad y tesón. Ese pequeño cuerpo envuelto en dolor es el principio de la historia de otra buena persona llegando al mundo. A pesar de la diferencia geográfica y de edad, espero que algún día mi Jueves se encontrará con esa vida y dirá "Mi madre y su padre me han pedido que cuide de él". Porque hay personas a las que se puede querer sin conocerlas. Hay personas que llenan la vida de alegría sólo por estar ahí.

05 mayo 2013

Buena gente: Portocabo

Hoy sigo con mis redacciones sobre españoles que merecen salir de la crisis con Sobresaliente, paseillo y vuelta al ruedo.

En Noviembre me llegaron un par de cartas de gente que comentaba que se buscaban gallegos para asistir en la grabación de un programa sobre Glasgow. Era para la Television de Galicia, alias "TeleGaita", popular entre bares sin Canal Satélite y ancianos rurales. Así, no es de extrañar que cuando lo comenté con mis conocidos nadie hubiese visto el citado programa.

Pero me desagrada que se desvirtúe la realidad de mi hogar, que en la red aún se conoce entre muchos españoles por crónicas como "Glasgow: Una ciudad insegura" (una historia real de una joven provinciana que se instala en dos de los barrios más baratos de una gran ciudad y su estupor cuando descubre que en ellos hay delincuentes). Así empezó mi experiencia con Portocabo, una pequeña compañía productora de televisión afincada en La Coruña.

Como se podrá deducir, mis expectativas al principio de la experiencia eran bajas. Hace mucho tiempo que no recuerdo haberme equivocado tanto en un juicio. La comunicación con los redactores y el reportero y productor fue eficiente, fluida y amistosa. La capacidad del equipo para acomodarse a las necesidades de cada uno de los entrevistados (incluyendo a mi hija de un año) y para conseguir los permisos de rodaje a ultima hora en fechas especialmente difíciles es testamento de la profesionalidad de los dos orensanos y el coruñés que nos visitaron.

Escuchar y hacer sentir cómodo a un interlocutor que acabas de conocer es un talento raro. Toño, el reportero, destaca en estas cualidades, pero sus dos compañeros no le van a al zaga. Tras sufrir un largo viaje, temperaturas especialmente bajas y una grabación hasta entrada la madrugada la noche anterior, el equipo consiguió convertir las tres horas que mi hija y yo pasamos a la intemperie con ellos en un paseo con agradable charla. En ningún momento hubo signos de fatiga o distracción, pero sí múltiples pruebas de su disfrute. Hubo un momento en que les comete que había oído que el escritor gallego Castelao había estado en la Universidad de Glasgow, pero que desde entonces había intentado sin éxito verificarlo tanto en Internet como con historiadores. Tras algo mas de una década en con la duda, fue uno de ellos quien me indicó exactamente el documento donde consultarlo. Esto llevó a una charla sobre un proyecto que él tenía en mente. Me sorprendí a mi misma pensando que, por primera vez en mucho tiempo, habría un programa que podría ver con mucho gusto. Y encima invitaron a café y nos llevaron a casa.

El trato no cambió tras la grabación y la recogida de una camiseta se arregló con la misma profesionalidad cordial que caracterizó al resto de la experiencia.

Hace poco se estrenó el programa. Es una hora de retrato tan bonito como realista de Glasgow y sus gentes. La mañana que la niña y yo pasamos con ellos quedó reducida a ocho minutos inteligentemente editados donde salimos bien el barrio, la narradora y (lo que más me ha gustado) mi hija.

Lo que empezó como un intento de subsanar una reputación injusta terminó siendo eso y más. El programa ha permitido que gente que me conoce ponga imagen a una parte muy importante de mi vida. Amigos que vive lejos ha podido ver la sonrisa de mi hija. Hemos conocido a un grupo de gente que se merece lo mejor. Ah, y la camiseta sienta bastante bien. Una recompensa más que generosa por la donación de tres horas de nuestra vida.

09 abril 2013

Tolerancia

Chema y Borja se conocieron en la infancia y fueron amigos en la adolescencia. Con la mayoría de edad vino la separación.

Chema se fue a Navarra a estudiar. Venía de un ambiente liberal, pero en la Universidad se hizo miembro del Opus Dei y conoció a la mujer de su vida, también parte de la Obra. Terminó una dura carrera técnica con excelentes calificaciones y un contrato de trabajo bajo el brazo.

Borja se quedó en La Coruña, tambaleándose de fiesta en fiesta hasta agotar convocatorias en sus estudios (por llamarlo algo) de Ciencias Sociales. Disfrutaba de asiduos escarceos a Chueca, donde encontró a Manolo, un tipo tranquilo con quién comparte vida desde hace varios años.

Fueron vidas paralelas separadas en la distancia, pero no en el afecto, que continuó.

Hace un tiempo Borja y yo quedamos con amigos. Borja comentó que Chema estaba a punto de casarse.

- Me ha invitado a la boda- Dijo Borja- Va a ser una ceremonia muy solemne, en catedral y con mantilla. Ya sabéis, muy del Opus...

- ¿Y qué vas a hacer?- le contesta una amiga- ¿Vas a ir tú solo?

- No sé si iré, pero Chema ya me ha dejado claro que, si voy, Manolo está invitado.

- ¡Pues id los dos!¿Qué te frena?

- El futuro suegro de Chema. Es muy tradicional y no sé cómo le sentaría que fuese con mi pareja.

- ¡Razón de más para ir!¡A esa gente retrógrada hay que abrirles la mente como sea!

- Ya, pero es el padre de la novia. Es uno de los momentos más importantes de su vida. Habrá otros días para intentar hacerle pensar pero, éste en concreto, tiene todo el derecho a celebrar y ser feliz con su hija. No quiero ser yo el que se lo impida.
Sueño y su hermanastro Muerte, William Waterhouse, 1874

Tolerancia, respeto, solidaridad. Palabras hoy muy usadas, sobre todo en frases imperativas. Pocos quieren ver que no están implícitas en ninguna ideología. Porque tolerante no es el que piensa de una determinada forma, sino el que, por muy justos, nobles o razonables que sean sus ideales, no se cree en el derecho de imponerlos a otra persona.

06 enero 2013

Radioterapia en el CHOU

Hace un tiempo comenté que no pensaba quejarme de la crisis; que si sacaba el tema sería para animar a gente que no merece el desaliento en que está sumida. Aquí va el primer capítulo.

Recientemente el hospital oncológico en el que trabajo compró un acelerador lineal nuevo para radioterapia. El "juguete" más avanzado del mercado. Para ayudarnos a instalarlo vinieron un par de técnicos del puñado que hay en todo el mundo.

Uno de los expertos salió dicharachero. Pelo negro, barba de chivo, entusiasta de su trabajo y, como el mundo es un pañuelo, de Glasgow. Empezó hablando de la satisfacción que le producía saber que si alguno de sus familiares sufría cáncer podría ser tratado con los mejores medios disponibles. Comenté que eso era en parte lo que me atraía de trabajar en esta ciudad y el tema emigró de su tierra a la mía. Resultó ser buen conocedor del Norte de España. Estuvo trabajando en Oviedo y Barcelona. Barcelona fue una experiencia corriente. Oviedo mejor. Pero la mejor instalación de su vida fue en un rincón de Galicia desconocido en la arena internacional del cáncer: el Complejo Hospitalario de Ourense (CHOU).

Acelerador del CHOU 2009
En el 2009 el CHOU cambiaba su vieja máquina de cobalto por lo que entonces eran dos aceleradores de última generación. Orense se preparaba para IGRT, IMRT, VMAT, SBRT... siglas unidas a tratamientos capaces de paliar sufrimientos hasta entonces sin remedio. La máquina fue recibida por lo que este técnico describe como gente amistosa y profesional. Lo trataron estupendamente, asegurándose de que comía bien, disfrutaba la ciudad, disfrutaba del trabajo y acababa todo según las previsiones. Una tarea nada fácil para una pandilla de españoles novatos frente al fuerte acento de Glasgow. El técnico supo que dejaba los aceleradores en buenas manos.

Hace unos meses la entonces jefa de Sección de Oncología Radioterapica dimitió por falta de medios. A pesar de que el servicio no tenía suficiente personal, uno de los radiofísicos fue despedido. Esto, sumado a una contratación mal planificada por la prima del presidente de la Xunta, ha provocado que las esperanzadoras y hoy no tan nuevas técnicas que se esperaban no se hayan desarrollado y que un acelerador funcione a solo media jornada, cercenando diez y nueve tratamientos diarios.

No he tenido el valor de decir a aquel técnico lo que ha ocurrido. Pero Orense es pequeño. Así que, si alguien del servicio de Radiofísica del CHOU lee esto que sepa que, aunque la gerencia no distinga entre un acelerador y una calculadora de todo a cien, aunque difame en la prensa local a la última médico que luchó por sus pacientes con ellos, aunque despidan a compañeros, hay alguien que lleva desde el 2009 hablando de su buen hacer por toda Europa. Y ya de paso, que si alguno habla inglés y tiene como propósito para el nuevo año encontrar un trabajo con más dinero, menos horas y/o los equipos más modernos de Europa, que se pase por aquí, que tarde o temprano siempre aparece algo.


El equipo de Radioterapia del CHOU en tiempos mejores.

04 noviembre 2012

El triángulo escaleno


Llegó como una tormenta. El cielo se cubrió de nubes y una tromba de agua anegó el pequeño mundo que la rodeaba. Todo se transformó: las bellas formas se hicieron horrendas caricaturas y la plácida vida que había sido sucumbió ante la negación de la esperanza. Se trataba de una enfermedad incurable y degenerativa, nada podía hacerse salvo la forzada resignación y la voluntad de lucha para el porvenir. ¿Por qué a mí? Se preguntaba Ana a si misma y a su esposo. Ambos tenían la percepción de sucumbir ante un malévolo hechizo de desconocido autor.

Cuando la asunción de la desgracia fue solidificándose por el paso del tiempo y, por lo mismo, atenuándose la rebeldía de la condenada, Ana, con dolor y extraordinario amor, propuso a su marido la separación: bastaba con la destrucción de una vida; dos era un exceso para una sola causa. No deseaba ella en el hogar ser el estandarte de la desdicha.

César sintió el rechinar de su conciencia y sufrieron sus adentros, mas su razón le llevó a aceptar la propuesta y abandonó casa y esposa. Libertad para el futuro y gratitud hacia Ana fue el equipaje con el que partió.

No pasó mucho tiempo hasta que conoció y se enamoró de Berta. Y corto fue el periodo en que decidieron formar pareja y vivir juntos.

El nuevo matrimonio saboreaba el contento de los días. Y, en sincronía, una idea planeaba con apabullante constancia: no parecía justa la exclusión de Ana en aquel nuevo mapa de su existir. Su destino no estaba en reciprocidad con la generosidad de su obrar. César y Berta barruntaban la posibilidad de acogerla en su casa, y así se lo comunicaron. Una brisa bondadosa sacudió a la cuitada Ana en su indulgente pesimismo. Le emocionó la próvida oferta y en seguida se avino al traslado

No recuperaría al esposo, pero sabía que nunca carecería de auxilio en la enfermedad y alivio en la soledad. Sería uno de los vértices de aquel triángulo de lados desiguales pero sólidos vértices.

Se cumplió pronto lo acordado y los tres pasaron a compartir techo y vida. Un amor solidario les unía y un sentir de cumplida ética le alegraba su cotidiano trotar por la vida...

(Basado en hechos reales)

06 octubre 2012

Ceasefire: la lucha de un hombre contra la violencia callejera

David Kennedy no ha ido a la universidad. No tiene calles a su nombre. Nadie lo busca para hacer una película de su vida. Pero este hombre enclenque y melenudo ha salvado miles de vidas.

David Kennedy
Kennedy creció en Detroit. Estudio Filosofía en un colegio profesional. Se mudo a Boston en 1980, donde trabajó como redactor por encargo. Uno de sus primeros trabajos fue recopilar casos de estudio para una reunión de jefes de policía, criminólogos y especialistas en justicia criminal de Harvard. Para ello Kennedy se montó en las furgonetas patrulla de los barrios mas conflictivos de Los Ángeles durante casi diez años. En 1994, el Instituto Nacional de Justicia le dio una beca para analizar la violencia entre los jóvenes de Boston.

En 1996, el equipo de Kennedy presentó "Operation Ceasefire"("Operación Alto al fuego"), un plan de acción que las autoridades policiales bostonianas acogieron con entusiasmo. Seis meses después de su aplicación, el numero de homicidios en la zona caía un 71%. El método se extendió a otras ciudades. En Chicago, los homicidios disminuyeron un 37% en año y medio. En High Point (Carolina del Norte) se consiguió que un mercado de drogas al aire libre que llevaba operando más de veinte años cerrase en dos días. En 2007 Operation Ceasefire llego a Cincinnaty. En 2008, el numero de homicidios relacionados con pandillas en esa ciudad bajaba un 50%.

En el 2008, el método de Kennedy llega a Europa de la mano de Karyn McCluskey, que propone la idea en Glasgow. Los delitos violentos disminyeron un 46%, los no violentos un 34%, la posesión de armas un 85% y las peleas entre pandillas un 73%.

Aplicar Operation Ceasefire no es sencillo.

Karyn McCluskey en Glasgow
Se empieza con un trabajo de campo de la policía para identificar a delincuentes y sus conexiones con el resto del vecindario. Una vez se tiene pruebas de sus actividades delictivas y se entiende su entorno, se les obliga a asistir a una "reunión de intervención" en un juzgado.

En la primera parte de la reunión, la policía muestra a los delincuentes vídeos, pruebas forenses, informes, etc. El mensaje es simple: Sabemos quién eres, con quién andas y con quien te peleas. Si quisiéramos podríamos detenerte ahora mismo.

En la segunda parte, se llama a vecinos y gente afectada por la violencia. Un anciano temeroso de cruzarse con ellos en el camino para recoger su pensión. Un medico de urgencias que explica la dificultad de atender a las víctimas de cuchilladas. Madres que describen el dolor del día a día con un hijo mutilado o muerto. Pandilleros que ha cometido un asesinato en su adolescencia y describe el remordimiento y la vida en la cárcel...

Finalmente, se ofrece dos opciones: Un teléfono de ayuda, o la puerta.

Si se escoge el teléfono, a las 24 horas de llamar, los pandilleros son evaluados por un asistente social para ver si necesitan tratamiento por drogadicción. Luego se les ayuda a acceder a educación, a servicios de salud, se les da asesoramiento para encontrar trabajo y ayudas sociales.

Si se vuelve a delinquir, la policía no carga sólo contra el responsable. Ante la más mínima sospecha, redadas, detenciones y multas lloverán sobre el delincuente, su familia y sus amigos.

Operation Ceasefire no es la panacea. En Minneapolis el método fracasó porque la diligencia y la sincronía necesaria entre servicios sociales, policía, justicia etc es grande. El diseño de las reuniones, el trabajo de campo y las charlas se han de hacer cuidadosamente, con una atención casi individualizada para cada delincuente. A veces un descuido puede tener un efecto opuesto al deseado. Aún así, Operation Ceasefire ha probado ser un plan barato y efectivo.

En la actualidad, David Kennedy es profesor en el Colegio John Jay de Justicia Criminal en Nueva York, donde anónimamente sigue investigando posibles mejoras y nuevas aplicaciones de su método.

09 septiembre 2012

Tony

Tony era bedel en el primer hospital en que trabajé. Era bajo, redondo y canoso. Brusco y buen tipo. Llevaba más de veinte años en el servicio de Medicina Nuclear y lo sabía todo. Médicos, radiógrafos o físicos, nos podría suplantar a cualquiera. De hecho hubo ocasiones en las que hizo nuestro trabajo mejor de lo que lo hubiésemos hecho nosotros...


El radiógrafo

Mi jefa quería comparar la información que se saca de un escaner de Medicina Nuclear y la que se ve en una ecografía de tiroides (una glándula bajo la nuez). Como entonces yo estaba en la base de la pirámide, me tocó hacer de paciente para la ecografía. Me embadurnan con el gel, me ponen el aparato en el cuello... y nada. Ni tiroides, ni la más mínima pista de por dónde puede caer. Llamamos a los radiógrafos. Uno se excusa con un “es que en la carrera las radiaciones no ionizantes eran asignatura optativa”. Otro se entusiasma, pero se desvía “Yo la tiroides no sé. ¿Y la carótida? Esa si que mola ¿Te enseño la carótida?” (la carótida es la vena que notas palpitar al poner la mano en el cuello). En medio del corrillo se abre paso Tony. “¿Qué pasa, Jefa?¿Puedo ayudar?”. Mi jefa le describe el problema. Tony me mira, aún en la camilla y con el cuello gelatinoso. Me da una toallita. “Tú ya has cumplido”. Coge el gel, se lo pone en el cuello, agarra el aparato y al primer intento, ahí está: la tiroides de Tony en todo su esplendor.

De tanto ver hacer las ecografías mientras esperaba para recoger a los pacientes, se había aprendido el proceso de memoria.


El físico

A Tony le encantaba la física. Comía siempre con nosotros y cuando íbamos a una conferencia nos pedía los panfletos de los vendedores para saber más de las máquinas.

Un día vinieron dos subcontratados a pintar la sala del escaner de Medicina Nuclear (un SPEC). Se les había explicado la situación en detalle, pero vieron el cartel de “Precaución. Zona Radiactiva” y se negaron a entrar sin hablar con “un experto”. Ya iba yo directa cuando Tony me intercepta. “Déjamelo a mí”. Va hacia los peones con aire de toro embravecido.


TONY: ¿Qué pasa?

PEÓN: A nosotros no nos dijeron nada de radiactividades. Así no queremos trabajar. O el entendido viene y nos dice qué hacer con esto, o nos vamos.

TONY: Vamos a ver... En una exploración de medicina nuclear el paciente es inyectado con un fármaco radiactivo, o marcador. Este radiofármaco es detectado por el cabezal de la máquina de diagnóstico que veis. Es decir, que el único agente radiactivo en este tipo de examen es el paciente. La sala de mediciones sin paciente no es radiactiva. Pero eso ya os lo dijo el jefe antes de venir, así que a ver si dejáis de tocaros los huevos y os ponéis a trabajar de una puta vez, que tenéis una cara de la hostia.

Ninguno de los físicos nos hubiésemos atrevido a soltar la última frase, pero sospecho que fue la más efectiva.


El médico

Entra una residente de medicina (MIR) preguntando por Tony. Cuando lo encuentra, le enseña una radiografía de tórax.


MIR: Hola Tony, venía a ver si tu crees que en esta radiografía se ve algo.

TONY: Mujer, yo miro lo que quieras pero ¿por qué no le preguntas al Dr. Blind?

MIR: Ya sabes porqué: porque nunca ve nada. Nunca está seguro y siempre termina pidiendo tropecientas pruebas. Quería ahorrarle la molestia a la paciente. A mi no me parece que tenga nada, pero no tengo mucha seguridad aún. Por eso te preguntaba a ti, que sabes más.

[Tony mira la placa con atención].

TONY: Yo tampoco veo nada en la radiografía. Pero si no estás segura, mira el historial. Según lo que se sospecha que pueda tener pide otra prueba alternativa, una ecografía o un SPEC de perfusión, por ejemplo.

Después de dar las gracias, la residente volvió al despacho. De una forma u otra, Tony terminaba viendo la mayoría de las radiografías del Dr. Blind. Si él no ve nada, no hay nada.


Alguna vez preguntamos a Tony por qué no se sacaba un título y cobraba en concordancia con lo que podía hacer. El decía que no quería perder el tiempo, que la universidad son muchos años, pero luego en el trabajo casi no usas lo estudiado. Para eso mejor pasarse ese tiempo en algo que te guste más.

01 mayo 2012

Prudente

Emperador Prudente
Prudente era un gato callejero que tenía por territorio el vecindario de Demián. Así lo bautizó un vecino apropiadamente llamado "el cura" y conocido por su generosidad con los felinos sin techo.

Cuando el cura sacaba el plato de comida, todos los gatos se apelotonaban alrededor del cazo, menos Prudente. Él esperaba. Una vez saciada la mayoría, dejaba que las crías comiesen. Sólo entonces tomaba las sobras y se iba.

Con el tiempo, aquel gato fue descubriendo otros territorios, otros felinos y otros cazos. La escena siempre era la misma: aglomeración y lucha, prudente espera y sobras.

Jaspeado y gris, Prudente era la definición de vulgar. Pero hizo familia entre los gatos y amistad entre los humanos. Su carácter le hizo popular entre los vecinos, que se aseguraban de que siempre quedase comida para aquel animal tan galante. La gente se preocupaba por él y comentaba sus andanzas como si de un igual tratasen.

Fueron pasando los días y las peleas. Los gatos que se apelotonaban por la comida desaparecían, envenenados unos, otros infectados por heridas de guerra. No pasó mucho tiempo hasta que Prudente fue el único gato callejero de su generación vivo. Los dominantes, los impacientes, los ambiciosos, los temerarios... todos fueron cayendo en el olvido mientras el gato que cedía su turno a las crías los dejaba atrás.
Un tal Claudio

Hace tiempo que no veo a Prudente, pero su historia se reencarna de muchas formas para quien quiera verla. Desde el emperador Claudio hasta hoy, la humildad, la generosidad y la paciencia son, a veces, un indicativo de astucia.

08 abril 2012

Gente de Glasgow

No se puede conocer una ciudad sin entender a sus gentes. Hoy toca enseñar sitios que los turistas no ven, pero que muestran la personalidad de Glasgow mejor que la arquitectura imperial, Mackintosh, o el Armadillo.

Irreverencias
La imagen que sigue es ya de las más conocidas de Glasgow: el primer duque de Wellington junto a la GOMA (Galery of Modern Art). La escultura es de 1844. Ponerle un cono en la cabeza es una tradición con más de veinte años. A veces, con suerte, encuentras al caballo de la misma guisa.


Indicador de los baños en el museo del diseño Lighthouse:

Quien no lo entienda es porque no quiere.

Justicia
Hoy casi cualquier ciudad tiene algún sitio dedicado a Mandela, pero quizá no igual.

Antes este rincón se llamaba San Jorge. El nombre se cambió en 1986, con el lider anti-apartheid aun entre rejas. La placa se puso justo frente a la embajada de Sudáfrica para que sus empleados la viesen siempre que mirasen por la ventana. La plaza tiene otras tres, más nuevas, pero la original es esta.

En 1987 Winnie Mandela fue elegida rectora de la Universidad de Glasgow.

En 1988 se celebró en Wembley el concierto por la liberación de Nelson Mandela. Se pidió a todos los participantes que crearan una canción específica para el evento, pero solo un grupo lo hizo. El tema era Mandela Day; el grupo, Simple Minds... de Glasgow.



Cariño


Este es Donal Dewar, el primer presidente del parlamento de Escocia. Fue elegido en 1999 y murió en el 2000 a los sesenta y tres años, de hemorragia cerebral. Se habló de varios homenajes póstumos. En Edimburgo se sugirió un grandioso busto de bronce a la entrada del parlamento patrimonio de la UNESCO: era lo menos que se podía hacer por una figura histórica. No salió adelante. Dewar era una persona sencilla, lo que más le gustaba era callejear y charlar con la gente. Y asi quedó: con la chaqueta raída, el aire tranquilo, paseando para siempre entre la gente a la que sirvió, a apenas unos metros de la calle que le vio nacer. Glasgow no quiso recordar a la figura, sino al hombre.

Memoria

Esta escultura junto al río Clyde representa a Dolores Ibarruri, La Pasionaria.

La inscripción en bronce a sus pies cita la famosa frase “Es preferible morir de pié que vivir siempre de rodillas”. Al pié de la estatua, una placa:

La ciudad de Glasgow y el movimiento laborista rinden tributo al coraje de aquellos hombres y mujeres que fueron a España a luchar contra el Fascismo.

1936-1939
2.100 voluntarios partieron de Gran Bretaña; 534 murieron, 64 de ellos eran de Glasgow.



“El irlandés es fuego por fuera y acero por dentro. El escocés es acero por fuera y fuego por dentro.” (Anónimo y muy cierto).

02 junio 2010

Solo en Glasgow

Esta historia me la contaron hoy. Es completamente real y resume a la perfección el carácter de una ciudad.


Mañana de sol radiante en Oxford. Un joven médico se sube al tren que le llevará a una entrevista de trabajo. El viaje es largo -unas siete horas- y conforme se acerca, el tiempo va empeorando. Cuando llega, el cielo es tan oscuro que parece de noche, la lluvia es fría, pesada y se hace eterna. El hospital donde va a hacer la entrevista es triste como el clima: un edificio viejo de piedra ennegrecida por la polución y con hierbajos saliendo entre las grietas. La entrevista transcurre en una sala con luces fluorescentes y olor a sótano. Cuando el candidato sale, ya ha decidido que, aunque le ofrezcan el trabajo, no volverá a pisar la ciudad. Pero si rechaza la oferta no le pagarán los gastos del viaje, así que, en lugar de coger un taxi, decide volver a la estación en autobús.

La lluvia no para, el viento hiela y el bus no viene. Cada vez más derrotado, el médico aguanta. Por fin, llega el autobus. Mala suerte: en esta ciudad solo te puedes subir si tienes el cambio justo, y él lleva todo en billetes. El conductor le dice que le deja subir si consigue las monedas o alguien le fía el viaje, después se gira y grita “¿Alguien le paga el billete a este chico?”. Dos hombres jóvenes se levantan; van desaliñados, con chándal viejo y poca higiene. Ambos ofrecen el precio y uno lo paga. Agradecido, el médico se sienta a su lado. Hacen una pareja curiosa: un universitario bien parecido de Oxford con traje caro y corbata, y el barriobajero albino que le ha pagado el pasaje. Para sorpresa del inglés, la conversación se anima rápido. Las buenas historias se suceden y, cuando llega a su destino, las costillas le duelen de tanto reír. Antes de entrar en Central Station mira hacia arriba: como en una película, las nubes se han ido y el sol vuelve a lucir.

Noche de lluvia en Buchanan Street
De esta historia hace veintitrés años. El viejo hospital apenas se usa, ha sido sustituido por uno de los dos mayores de Europa en su campo, con tecnología de última generación y grandes ventanales. Aquel joven de Oxford es Profesor Emérito de Medicina en la Universidad de Glasgow, ha desarrollado uno de los programas de neuro-oncología más avanzados del país y ha mejorado o alargado la vida de miles de personas. Hoy se jubila y en su discurso de despedida cuenta la historia como la mejor síntesis de la ciudad que nunca más abandonó, "dura, pero increíblemente generosa".

Esta tarde, el venerado médico cerrará la consulta y se irá, por última vez, en un Ford Ka de segunda mano que huele a fish and chips.

Sólo en Glasgow.