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05 julio 2016

Corín Tellado



Una vieja revista de fotonovela de Corín Tellado (1927 - 2009) estaba tirada al lado del contenedor de basura. Decolorada, sus arrugas marcaban el medio siglo de antigüedad. Se despertó mi curiosidad por el autor del depósito y la nostalgia de un tiempo ya tan lejano.

No leí ninguna novela de Tellado. El prejuicio de falta de calidad literaria y el calificativo de “rosa” eran motivos suficientes para que nunca un libro suyo estuviera entre mis manos. Sin embargo no puedo decir lo mismo de sus fotonovelas. A mis 14 y 15 años he leído unas cuantas, ignorando si alguna de ellas llevaba la firma de la escritora más leída en España después de Cervantes. En esa edad los prejuicios eran otros. Ver sobre el papel las fotografías de bellas mujeres cortejadas por apuestos varones con diálogos cortos adosados; con ingredientes tan sabrosos como los celos, el engaño de la arpía o la desinteresada entrega de la sincera enamorada, eran material inmejorable para el despertar hormonal del adolescente que entonces era. La concupiscencia implícita y el deseo carnal que aquellos relatos aportaban se diluía como perfume en mi alma inquieta de bachiller, un escape imaginativo en el desbarajuste de mi cabeza infantil, el remanso placentero en una encrucijada de corrientes.
Aquellas revistas (nunca compradas) distraían, estimulaban y transportaban a una vida compensatoria de la infancia pobretona y cuasi sórdida que tantos llevábamos, a una esperanza en el devenir que arrasaría los días de impotencia y sumisión.
Las escenas del chico pulcro y bien vestido  descendiendo del deportivo descapotable ansioso por manifestar su amor a la rica heredera, a la criada perfecta o a la despampanante cínica, me conmovían  y me hacían cautivo de sus páginas... Y con la última, tras un corto periodo de arrobamiento,la burbuja de la fantasía estallaba en el aire y yo volvía a ser el niño del cine de domingo y criatura insignificante y atribulada el lunes, de vida perfilada por sotanas negras y profesores de vara en ristre; el niño de estrecha espalda cargando axiomáticas mentiras que sentía como quincalla pesada...El niño que deseaba estar de nuevo ante otra historia donde las vicisitudes y pugnas de amantes puros, mujeres enamoradas y malévolos terceros a los que solo el egoísmo movía culminara con el triunfo  del amor.





06 septiembre 2015

Lluvia de verano

Ahora que los días se acortan, los uniformes empiezan a manar de los autobuses y el ruido de las hojas secas comienzan a oírse bajo los pies, aquí va un pequeño recordatorio de algunas cosas que despedimos con el verano.


Hubo olas de calor, pero también momentos de frescor. Nada huele como las gotas de lluvia en un día de verano.


En verano la vida sigue, pero su paso irremediable se siente más lento.


Con el otoño llegan los ocres. El rojo complementa al amarillo, naranja y cientos de tonalidades de marrón cubren el paisaje, pero nos despedimos de los contrastes.

La lluvia de verano parece que para el tiempo, pero sus consecuencias son muy efímeras.

Adiós calor, adiós color. Bienvenida rutina, bienvenido Septiembre.

02 mayo 2015

El mundo de David Jiménez


Conocí a David Jiménez en los Encuentros Eleusinos en Kampot (Camboya), dirigidos por Fernando Sánchez Dragó y, el también escritor, Javier Redondo Jordán como organizador de los mismos. Fue su conferencia corta, sin malabarismos dialécticos, una exposición realista de los pueblos del sudeste asiático y de su trabajo de corresponsal en ellos. Las preguntas fueron  muchas y  las respuestas concisas e inteligentes, con justa posología de crudeza, humor y buen tino. Pero fue en la larga sobremesa de la cena cuando la personalidad y oficio del periodista se nos manifestaron más cercanos. El río Kam Chay  discurría casi a nuestros pies, haciéndonos llegar su tibia brisa para refresco de los cuerpos y quietud del ánimo. Y hablamos de Camboya, Birmania, Tailandia, Laos, China;  de costumbres, de regímenes y de libros… de sus libros, que yo no había leído. Y las palabras deambulaban entre la espuma de cerveza, la magia de la noche y la realidad en su desnudez. Inolvidable. Eran los primeros días del mes de enero de 2014.
 
     Seis meses más tarde, El Club de Lectura de la Vaquería de Violeta Dávila, en Madrid, me invita a una  de sus reuniones donde serán comentados los libros de David Jiménez y él estará presente. Para entonces yo ya los había leído. A la hora en punto mi dedo hacía sonar el timbre del chalé elegido para la charla y que desinteresadamente uno de los habituales a estos eventos había ofrecido (gracias Rafa). No tardó en llegar el corresponsal del diario El Mundo en Asia por más de 15 años… Sin aspavientos, natural, cortés y contento: unos días atrás le habían concedido una beca en la Universidad de Harvard que le obligaba a cambiar Asia por América durante un año. Ya el sol se acercaba a poniente cuando nos sentamos en la terraza a escucharle. Nos pormenorizó detalles de sus libros, acicates y trabas para escribirlos, esfuerzo realizado y esperanza de buen futuro. Comimos emparedados, bebimos vino y cerveza, comentamos, opinamos y preguntamos. No olvidamos hablar del porvenir del periodismo y de su ética. Casi cuatro horas más tarde nos despedíamos; deseándole feliz estancia en Boston y prometedor retorno a España. La ciudad dormía y yo sentía el regocijo de un día aprovechado, la satisfacción de haber conocido mejor a este hombre: su mesura, su decencia, su agudeza de bizarro reportero, y, sobre todo, su discreta humanidad.




Dentro de unos días se hará cargo de la dirección de uno de los periódicos más leídos en España y tal tarea en poco se parece a lo anteriormente realizado. No dudo de su valía, tesón, entusiasmo y capacidad de trabajo, pero el devenir periodístico está lleno de nubarrones amenazantes y vaticinios turbulentos… ¡Suerte, maestro!


06 enero 2015

Remembranzas


Los Reyes ya han pasado. Con ellos se va la magia de la ilusión y vuelve la cotidianidad de la razón, el fin de las vacaciones… y el recuerdo. El recuerdo de aquel niño que fui, de la tristeza que cada seis de enero, como una niebla espesa, emborronaba los días anteriores de alegre solaz y oscurecía los venideros de anunciado pesar.

Quizá lo de recuerdo se quede angosto para aquellos “días de reyes” del primer lustro de los años 60. Porque es más que eso, es pura vivencia, es todavía sentirlos en los huesos:

Mustio está el musgo del belén. Desde una esquina silenciosa nos mira la rebosante papelera llena del colorido de sus papeles. El calor de la chimenea no puede con el frío interior y sus llamas dibujan con sus sombras monstruos despiadados o el contorno de profesores amenazantes. El menor de mis hermanos da cuerda a su cochecito de lata, los demás miramos al televisor desde el sofá y escuchamos el melancólico vacío de ánimo. El reloj del salón avanza implacable hacia la hora de entrada al colegio otra vez. Otra vez las tareas, la separación… Y el frío, otra vez.

15 octubre 2014

La vida sale al encuentro




Es el reloj al tiempo lo que el cartero a la correspondencia: cuenta y reparte  los sobres, pero ignora su contenido.  Llenar ese contenido es labor de cada uno, y esa labor deja cada día su huella como el mar deja su marca con cada ola. Desgasta, forma, alegra o hiere…   
Con este párrafo iniciaba la carta que, hace unos días, enviaba a mis compañeros de promoción con motivo de la celebración de los 40 años de nuestra graduación.  Años cargados de vivencias y contingencias incontables; transcurridos con celeridad y absorbidos con débil consciencia  en su mayor parte, considerados en su conjunto.  Ahora nuestros cuerpos son otros, el corazón y la razón  se han vuelto de mejor sincronismo y los recuerdos pesan más que los proyectos.

El trotar diario fue hollando hojas de calendario que el viento esparcía a su capricho y que, caprichosamente también,  ahora reunidos, tratábamos de poner en orden y borrar de ellas los efectos de la intemperie. Décadas concentradas en horas, almanaques que tornaban los días en anécdotas… Una vida ya casi ida comprimida en un encuentro. Y un encuentro con la vida: una caída paulina del caballo existencial que tantas veces se desbocó.   Vida, encuentro… Asociación que trae a la memoria (¿quién mejor protagonista cuando ya peinamos canas?) el título de aquel libro tan vendido  en los años 60 y 70: “La vida sale al encuentro” del jesuita José Luis Martín Vigil.

Libro que por aquel tiempo pasaba de mano a mano de los adolescentes de entonces.  Lo leí con fruición, lo comenté y sus páginas fueron alimento de esperanza y carga de ilusión para un futuro que llegaba entre sombras. Era ver en papel  lo que por mi cabeza deambulaba impaciente y desordenado: la explosión destructora de una infancia que ya nada nuevo ofrecía y que con los cascotes creaba los cimientos de un tiempo nuevo.
Aquel tiempo nuevo llegó y se vivió, tomó consistencia y ocupó su espacio. Los cascotes se hicieron piedra y la piedra edificio; y el edificio tuvo ventanas claras y oscuras puertas, aguantó tormentas y tibias primaveras, se hizo ver y sus formas fueron modulándose con cada rotación planetaria hasta el día de hoy.   Algo maltrecha su estructura y mermado el brillo de sus paredes va aguantando… hasta que el reloj marque la hora de convertirse en una foto para el recuerdo.

14 junio 2014

Calviño



Demián tenía 11 años cuando Calviño murió. Éste era grandullón y bondadoso, lento en sus gestos y risueño en su apariencia. Decían que tenía una discapacidad y sufría ataques epilépticos. Se dirigía a Demián por el diminutivo del apellido y lo trataba con cariño y la consideración del que aventaja en 4 o 5 años la edad, 40 o 50 quilos el peso y 30 o 40 centímetros la estatura.

El curso estaba ya finalizando y los calores estivales se presentaron con precisa puntualidad. Aquella tarde de junio, Calviño decidió cambiar las clases por un baño en el río Miño. Y el Miño con sus remolinos y su frío se lo quedó. Fueron su último baño y su última tarde.

Los compañeros de colegio se enteraron la mañana siguiente al comienzo de las clases. Las versiones de lo sucedido aumentaban o se modificaban a cada hora. Y hora se había puesto para el funeral y posterior entierro al que Demián acudió envuelto en una bruma de pensamientos y achicado por la inesperada aparición de La Parca.

El ataúd brillaba sobre el suelo de madera descolorido de la pequeña habitación. En su interior Calviño parecía descansar: su cara estaba relajada y como si los ya desfallecidos músculos de ésta estuviesen anunciando una sonrisa. Alguna mosca revoloteaba por el cuarto a media luz, en una atmósfera densa y con olor a cera. Demián, extraño y desconcertado, era incapaz de asimilar lo que sus ojos trataban de fijar: que su compañero, que con tanta ternura siempre le había tratado, no fuera a levantarse más; que ya nunca lo vería por el colegio; que jamás volvería a calzar aquellos zapatos hechos por encargo por no disponer las zapaterías de su talla; que aquella noche ya la pasaría en la soledad del cementerio; que sus lustrosas mejillas se tornarían en mortecina palidez,; que, ¿cómo un tentador frescor se había vuelto tan implacable enemigo? Permaneció un rato mirando al inerte corpachón, al crucifijo, a las gruesas velas… y salió con el frío de la muerte en los huesos y la incandescencia de pensamientos en la mente.

Afuera, hacía calor. Las aguas del río bajaban tranquilas. Las vacaciones comenzaban pronto. Todo muy ajeno a Calviño.

07 junio 2014

Juzgando el género

La hora del baño es el momento en el que se revela ante mi uno de los misterios sobre los que pensar en momentos de aburrimiento.

Durante el tiempo que está en el agua, a Jueves le gusta jugar con cualquier cosa que encuentra. Ordenar botes de champú le parece un pasatiempo especialmente gratificante. Les presento a papi bote y mami bote.

La primera vez que vi a mi hija identificar el negro con masculino y el blanco con femenino me sorprendió. Si un bote fuese rosa y el otro azul, podría culpar a estereotipos sociales pero no sabía de dónde venía esta asociación. Ni siquiera ha visto fotos de boda. Después de un rato decidí que quizá tuviese que ver con que yo visto de colores más claros que el padre. Entonces vino la segunda parte:


Ésta es la familia pato. De izquierda a derecha, "Papi duck", "Juevez duck", "Mami duck". No recuerdo si habrá visto alguna película o dibujo animado con uniformes de camuflaje, pero hoy en día en todas incluyen a mujeres en la milicia, así que no es eso. Los colores ya tampoco encajan con lo que los padres nos ponemos a diario.

En la vida cotidiana, Jueves confunde el sexo de las personas regularmente, pero al dar roles de padre y madre elige estéticas que suelo asociar con un género o el otro y nunca las confunde.

En fin, aquí queda otro pequeño gran misterio para resolver - o no - en momentos de ocio.

07 diciembre 2013

Cartas de amor




Cuando en 1969 llegué a la residencia universitaria, recién estrenados los 18 años, me fue asignada la cama contigua a la de A. P. Un almeriense nervioso y con una novia de la que decía que estaba por arriba de los cánones de la belleza: rubia, alta y demás virtudes que hacen deseable a una mujer. Ésta le escribía con frecuencia y A. P. intentaba contestarle; pero todo cuanto escribía le parecía mediocre para tan alta dama y terminaba en la papelera. Encendía un cigarro en el que estaba rematando, se desesperaba y volvía a empezar: ella no podía estar un día más sin las noticias del amado…  En la última carta de varias hojas rociadas de perfume le decía el llanto que le sobrevino cuando vio vacío el buzón una vez más.

A.P. me explicaba su dramática situación atrapado en la tensión de un paranoico incapaz de realizar el propósito de su enfermedad. Y también que había observado que yo me ponía con una cuartilla delante y al cabo de un rato la estaba introduciendo en el sobre. ¿Cómo podía ser aquello si él, después de consumir tanto papel y tabaco, estaba con las manos vacías? Le expuse que nada podía hacer por él salvo que tuviese a bien que “sus” cartas fueran escritas por mi. Aceptó de inmediato. En seguida me dio unas pautas de trato y unos puntos a tratar; lo demás quedaba en mis manos y bajo su inspección.

No tuvo paciencia para esperar a que el trabajo estuviera terminado: me corregía palabras, suprimía párrafos y agregaba ideas, se tensaba y se relajaba, y fumaba, fumaba… Por fin la laboriosa misiva estaba conclusa y respiró profundamente aplaudiéndome la faena. Tomó sus cuartillas de colores, encendió un cigarro y, cuidando la caligrafía, se puso a copiar… Su novia iba a quedar encantada y agradecida (a él, claro).

La maniobra fue un éxito y se repitió varias veces. Cada pocos días, en cada vez mayor conjunción, nos sentábamos a la mesa y escribíamos a “nuestra” novia.

Con las navidades se rompió el tándem. Su novia estaba satisfecha con las cartas pero sus estudios no eran igual de fructíferos, y ahí ya no podía yo ayudarle. Después de las vacaciones ya no volvió.

El tercer ocupante de la habitación, que años después encontré un día, me dijo que lo había visto y, entre otras cosas, le preguntó por la novia. La respuesta de A.P. fue muy concisa: ¡ a tomar por cu…!

Y esta fue una demostración más de la esterilidad de muchos trabajos. Todo sea por el amor.

19 noviembre 2013

El cine de mi infancia


 

En una repisa de madera cubierta por una pieza de hilo hecha a ganchillo está  la radio. Emite un programa local al tiempo  que Demián desayuna un chocolate con churros  que ha preparado su abuela. Es domingo. Luego irá a misa. El resto de la mañana lo ocupará deambulando por las calles próximas y haciendo algo de las tareas para el lunes. Después de comer, el cine:

El recinto es algo cutre y baqueteado por el uso, sin esmero en la limpieza y carente de puesto de palomitas a la entrada,  aunque está una vendedora de pipas y caramelos. Demián sube las oscuras escaleras a las gradas de madera de “general” en el tercer piso; a cada peldaño  su  ánimo se va  transformando: el olor del recinto, las tenues luces de los apliques, los alargados bancos y las columnas… todo le resulta familiar y acogedor. Hasta el acomodador, que es siempre el mismo, mal encarado y al que se le conoce por el apodo, le parece tolerable; e, incluso  gracioso, cuando  contesta con celeridad y enojo, enfocando con la linterna el punto de donde cree haber salido algún exabrupto o molesto ruido para localizar y reprender al autor;  provocando la buscada  diversión de los infantes deseosos de chanza.

Al apagarse las luces recorre el local un aire de intriga y emoción… Tomará realidad durante dos horas un mundo de color y acción, de héroes que vencen al adversario y a la vida vulgar, aventuras que permiten a Demián cabalgar por los desiertos de Arizona, navegar por los mares de Indochina, escalar castillos medievales, enamorarse  de una niña que triunfa cantando…Todo ello tan ajeno al programado discurrir de sus horas, de la responsabilidades escolares, de la incomprensión de los adultos, del despótico trato de los profesores y de la vacuidad de sus días de la que tan convencido está. Lo que en la pantalla acontece es lo importante, no hay pasado ni futuro, sólo presente; un presente que apisona la tristeza de las calles y aleja la nostalgia, que  alegra el alma infantil con su bendita virtualidad, que protege entre sus muros la candidez de los 11 años.

Cuando las luces se encienden  y la pantalla ya sólo es una gigantesca sábana blanca, sale Demián con su cabeza envuelta en nubes de fantasía, mira los cuadros de la cartelera como refrendo de una historia  que acaba de vivir, y esas nubes se van tornando  nubarrones oscuros  al contacto del aire frío y pesadumbroso de la tarde de domingo. Y como un autómata, ensimismado en sus pensamientos toma la dirección de una sale de billar, y allí se queda unas horas viendo rodar las bolas sobre el paño verde, como ruedan sus días y  el domingo da paso al lunes….
 

05 junio 2013

El Bachillerato (I)

(8 de octubre de 1962. Orense)

Se queda atrás la aldea envuelta en una nube de humo negro que suelta el autocar cuando arranca. Demián no mira atrás, ni a su padre, que va a su lado; mira los campos labrados y los árboles lejanos que tanto ha pisado y amado: últimos vestigios de un tiempo feliz que sabe agotado.

El ronroneo del motor oculta su respirar forzado por momentos, su alma se encoge ante la angustia del porvenir y en sus ojos casi brotan las lágrimas. Ya nada de lo que ocurre en su entorno importa. Es consciente de que una forma de vivir expira y emerge otra que va a ser muy diferente a la primera: la aldea será reemplazada por la ciudad, la escuela por un colegio de bachillerato, la casa paterna por la de sus abuelos, la camarilla de amigos rurales por unos niños de capital. Él, que tan diestro era en las hazañas infantiles de su pueblecito, se ve ahora renqueante en las áridas tierras de su nueva patria.
Y sumido en estas divagaciones le sorprende la parada final del autobús.

Con su padre y una cartera llena de libros, ya usados por su hermano mayor, camina hacia el colegio...Tristes las calles, extrañas sus gentes y hostil la mañana.

El colegio es un edificio vetusto con la entrada por un empedrado túnel oscuro que conduce a unas escaleras de piedra que rematan en un zaguán con madera sin barnizar en el suelo. Aseo exiguo y tétrico ropero a la izquierda, aula a la derecha con un tabique que le separa de la secretaría: un garito con olor a viejo y humo de cigarrillo. Dos aulas más completan la construcción por la fachada principal con unos ventanales sucios y desportillados que sujetan un austero rótulo en blanco y negro anunciando el nombre del centro. Cada estancia encierra un aire rancio  e inhóspito, premonitorio de los cursos que allí le aguardan.
En secretaría, don Manuel -hombre flacucho enfundado en un traje negro, con un cigarrillo en la mano izquierda y una regla corta y gruesa en la derecha-  ayuda a su padre a seleccionar los libros y rellenar un formulario. Cuando ya esto concluye, ha de despedirse de su padre. Éste le besa con una comprensiva sonrisa y él siente en una mejilla el amor paterno y en la otra el frío del presente. Con los músculos tensos acompaña al secretario que  le conduce a un aula donde ya están en clase más de treinta muchachos...Miradas curiosas y susurros entre ellos. Don Luís, director y profesor de matemáticas, dirige la clase. Hace un pequeño comentario y le indica donde sentarse. El recién llegado no se entera de nada de cuanto allí se dice.
En el recreo está apartado. Algún compañero acude a preguntarle algo o invitarle a un juego y él contesta escuetamente para seguir abrazado a su nueva y ya fiel compañera: la nostalgia. Como un autómata va de nuevo al pupitre al sonar el timbre.

Y llega el deseado final de la última clase. Con la pesada cartera y un abarrote de cavilaciones toma camino a casa de sus abuelos; la de sus 6 primeros años anteriores a los pasados en la aldea: primero y segundo actos de su vida sobre los que cayó el telón. Telón que ahora se alza para la primera escena del tercer acto... Durará 3 años y, a la vista de personajes y escenario, ni el más optimista podría vaticinar felicidad en su desarollo.








 

 

 

09 mayo 2013

La vida de Jueves

No me gusta ponerme en la piel de otros cuando escribo, pero por Gabi haré una excepción.

Hola, soy Jueves. Nací y vivo en Glasgow, Escocia, aunque mi profesión de hija y nieta me llevan por España e Inglaterra.

Hijos y nietos hay muchos, pero los mestizos somos distintos. Para empezar, creamos tendencias. Por ejemplo, en España a algunos conocidos de mi madre no les gusta mi nombre. Jueves. No se sabe si soy chico o chica. Pero aquí suena exótico y las conocidas de dos amigas de mi madre que han tenido niñas hace poco me lo han copiado. Lo mismo pasa con la ropa. Tengo unos zapatos comprados en Buchanan Street con dibujos de fresas que todo el mundo dice que son preciosos y me encantan las pañoletas, que son como baberos, pero con estilo. La abuela de Coruña me ha hecho dos.

Parte de la biblioteca
Se dice que en el Reino Unido se come mal, pero a mi edad es al revés. Nada de pollo hervido o plátano con galleta para mí. Soy una "chica Annabel" y desde que probé los sólidos he comido montones de aguacates, arándanos, moras y frambuesas. Me encantan los cereales de desayuno, yogures infantiles y el queso, pero porque la leche británica es muy rica. A las madres aquí les gusta mucho hacer pasteles, a la mía también. Me gustan su tarta de zanahoria y la empanada gallega de manzana. En cuanto a carnes y pescados, me podrán dar gato por liebre, pero hace tiempo que distingo el venado del búfalo. Hablando de búfalos ¿Has leído "El Grúffalo"? Es un libro. Yo me lo sé en español e inglés. También otros clásicos, como "La pequeña oruga glotona" o "Vamos a cazar un oso". Es porque mi madre y Michelle hablan mucho. Michelle le dijo a mi madre que en la guarde esos libros eran mis juguetes preferidos y el abuelo de España consiguió la traducción en Fnac. También tengo "La canción del pirata". Michelle es la profesora de la guardería. Está algo chocha -será la edad, por lo menos tiene veinte años- siempre anda contando todas las cosas y diciendo de qué color son. Además deja por ahí arena, espuma de afeitar, pintura de dedos y todo tipo de guarrerías que los padres nunca nos dan. Menos mal que somos tres niños para cuidarla, sino, no sé qué sería de ella.

El jardín de los sueños
Cuando llego a casa tras un duro día trabajando, me gusta ver algo de tele. No soy de películas, soy más de series, en concreto de Cbeebies, el canal de la BBC para prescolares. Me encanta El jardín de los sueños, que ponen a la hora de dormir y es relajante (algunos mayores lo llaman crack para bebés). A veces veo a Mister Tumble con mi madre. Mister Tumble habla con las manos y enseña palabras para entendenos con gente que no puede oír*. Hoy aprendí a decir "isla". Y eso que no hablo aún. A veces ponen Pocoyo en el ordenador. No es la única serie española, porque Jelly Jamm está en Channel 4. Es porque los españoles somos muy buenos dibujando.

Cabras
Aunque el tiempo no siempre es bueno, en Escocia hay muchas cosas que hacer. Tenemos ludotecas, columpios, parques rurales para tocar los animales (me encanta acariciar caballos) y "toddler groups", que es cuando varios padres alquilan un salón de actos, llevan juguetes y comida y entre todos los bebés cuidamos de ellos. De vez en cuando hay que gritarles para que no se escapen, pero es que son viejos y no saben lo que es mejor para ellos. Los viernes llevo a mi madre a uno de escoceses y otro de españoles. Creo que es bueno para que socialice (la pobre es un poco tímida).

En resumen, esta es mi vida. De momento, no me quejo.

*Corrección: el lenguaje usado por Mr Tumble es Makaton y es para personas con dificultades para hablar (generalmente debidas a  un síndrome confusional, autismo, síndrome de Down, sordoceguera, disfasia, trastornos neurológicos o derrames cerebrales).

05 mayo 2013

Buena gente: Portocabo

Hoy sigo con mis redacciones sobre españoles que merecen salir de la crisis con Sobresaliente, paseillo y vuelta al ruedo.

En Noviembre me llegaron un par de cartas de gente que comentaba que se buscaban gallegos para asistir en la grabación de un programa sobre Glasgow. Era para la Television de Galicia, alias "TeleGaita", popular entre bares sin Canal Satélite y ancianos rurales. Así, no es de extrañar que cuando lo comenté con mis conocidos nadie hubiese visto el citado programa.

Pero me desagrada que se desvirtúe la realidad de mi hogar, que en la red aún se conoce entre muchos españoles por crónicas como "Glasgow: Una ciudad insegura" (una historia real de una joven provinciana que se instala en dos de los barrios más baratos de una gran ciudad y su estupor cuando descubre que en ellos hay delincuentes). Así empezó mi experiencia con Portocabo, una pequeña compañía productora de televisión afincada en La Coruña.

Como se podrá deducir, mis expectativas al principio de la experiencia eran bajas. Hace mucho tiempo que no recuerdo haberme equivocado tanto en un juicio. La comunicación con los redactores y el reportero y productor fue eficiente, fluida y amistosa. La capacidad del equipo para acomodarse a las necesidades de cada uno de los entrevistados (incluyendo a mi hija de un año) y para conseguir los permisos de rodaje a ultima hora en fechas especialmente difíciles es testamento de la profesionalidad de los dos orensanos y el coruñés que nos visitaron.

Escuchar y hacer sentir cómodo a un interlocutor que acabas de conocer es un talento raro. Toño, el reportero, destaca en estas cualidades, pero sus dos compañeros no le van a al zaga. Tras sufrir un largo viaje, temperaturas especialmente bajas y una grabación hasta entrada la madrugada la noche anterior, el equipo consiguió convertir las tres horas que mi hija y yo pasamos a la intemperie con ellos en un paseo con agradable charla. En ningún momento hubo signos de fatiga o distracción, pero sí múltiples pruebas de su disfrute. Hubo un momento en que les comete que había oído que el escritor gallego Castelao había estado en la Universidad de Glasgow, pero que desde entonces había intentado sin éxito verificarlo tanto en Internet como con historiadores. Tras algo mas de una década en con la duda, fue uno de ellos quien me indicó exactamente el documento donde consultarlo. Esto llevó a una charla sobre un proyecto que él tenía en mente. Me sorprendí a mi misma pensando que, por primera vez en mucho tiempo, habría un programa que podría ver con mucho gusto. Y encima invitaron a café y nos llevaron a casa.

El trato no cambió tras la grabación y la recogida de una camiseta se arregló con la misma profesionalidad cordial que caracterizó al resto de la experiencia.

Hace poco se estrenó el programa. Es una hora de retrato tan bonito como realista de Glasgow y sus gentes. La mañana que la niña y yo pasamos con ellos quedó reducida a ocho minutos inteligentemente editados donde salimos bien el barrio, la narradora y (lo que más me ha gustado) mi hija.

Lo que empezó como un intento de subsanar una reputación injusta terminó siendo eso y más. El programa ha permitido que gente que me conoce ponga imagen a una parte muy importante de mi vida. Amigos que vive lejos ha podido ver la sonrisa de mi hija. Hemos conocido a un grupo de gente que se merece lo mejor. Ah, y la camiseta sienta bastante bien. Una recompensa más que generosa por la donación de tres horas de nuestra vida.

09 abril 2013

Tolerancia

Chema y Borja se conocieron en la infancia y fueron amigos en la adolescencia. Con la mayoría de edad vino la separación.

Chema se fue a Navarra a estudiar. Venía de un ambiente liberal, pero en la Universidad se hizo miembro del Opus Dei y conoció a la mujer de su vida, también parte de la Obra. Terminó una dura carrera técnica con excelentes calificaciones y un contrato de trabajo bajo el brazo.

Borja se quedó en La Coruña, tambaleándose de fiesta en fiesta hasta agotar convocatorias en sus estudios (por llamarlo algo) de Ciencias Sociales. Disfrutaba de asiduos escarceos a Chueca, donde encontró a Manolo, un tipo tranquilo con quién comparte vida desde hace varios años.

Fueron vidas paralelas separadas en la distancia, pero no en el afecto, que continuó.

Hace un tiempo Borja y yo quedamos con amigos. Borja comentó que Chema estaba a punto de casarse.

- Me ha invitado a la boda- Dijo Borja- Va a ser una ceremonia muy solemne, en catedral y con mantilla. Ya sabéis, muy del Opus...

- ¿Y qué vas a hacer?- le contesta una amiga- ¿Vas a ir tú solo?

- No sé si iré, pero Chema ya me ha dejado claro que, si voy, Manolo está invitado.

- ¡Pues id los dos!¿Qué te frena?

- El futuro suegro de Chema. Es muy tradicional y no sé cómo le sentaría que fuese con mi pareja.

- ¡Razón de más para ir!¡A esa gente retrógrada hay que abrirles la mente como sea!

- Ya, pero es el padre de la novia. Es uno de los momentos más importantes de su vida. Habrá otros días para intentar hacerle pensar pero, éste en concreto, tiene todo el derecho a celebrar y ser feliz con su hija. No quiero ser yo el que se lo impida.
Sueño y su hermanastro Muerte, William Waterhouse, 1874

Tolerancia, respeto, solidaridad. Palabras hoy muy usadas, sobre todo en frases imperativas. Pocos quieren ver que no están implícitas en ninguna ideología. Porque tolerante no es el que piensa de una determinada forma, sino el que, por muy justos, nobles o razonables que sean sus ideales, no se cree en el derecho de imponerlos a otra persona.

18 marzo 2013

El deceso

En Eiradela, aldea de Orense. 1958/59



Empieza a anochecer en la pequeña aldea. Demián cesa en sus juegos y se separa de los compañeros al oír el tintineo de una campanilla. Mira por encima del muro que le separaba de la pedregosa calle principal: el párroco monta su caballo a paso lento llevando en las manos algo tapado con un paño negro; camina a su lado el sacristán que agita la campanilla que había alertado al niño. Avanzan en un halo solemne, taciturno y cutre. Demián nota el tufo del luto, y al ver el rumbo tomado por el cortejo en seguida pone nombre a la moribunda.

A la mañana siguiente se produce el deceso. La anciana Sra. María, vecina de la casa de enfrente a la de Demián, con su enjuta cara y el rostro perfilado por el sempiterno pañuelo negro, ha dejado a los vivos.

Demián tiene 7 años. Baja las escaleras a la plazuela cuando se ve turbado por los llantos y lamentos. Vecindad y familia se acercan a la casa mortuoria: abrazos, pésames y lágrimas de desesperación impactan en su retina y en su alma se extiende la aflicción. Estallan en su cabeza mil pensamientos y ya nada hay que le interesase durante la jornada. Su imaginación es un imparable manantial de incesantes imágenes de plástica potente y congoja irremediable: el Supremo , rodeado de su corte, juzga a la finada y ésta rinde cuentas de sus acciones. En la balanza divina se ponderan virtud y pecado, gloria y desdicha; ángeles y demonios rondan esperando el veredicto, todo ya desde la perspectiva de lo inapelable y eterno. Ve como propio el juicio: siente enfriarse la sangre y en su pecho el jadeo de la impotencia. Se mira la mano y observa la nítida “M” en ella.

Y con la noche el velorio, con sus galletas y aguardiente; pero ahí Demián no tiene sitio, se lo contarán otro día. Se va a cama enredado en circunloquios de enigmático contenido y fútil resultado. Un truculento, implacable y viscoso golpeteo de pensamientos, caras y escenas –reales unas, imaginarias otras-  preceden su sueño.

Al día siguiente es el entierro. Demián acompaña a su madre. Con estola e hisopo entra el cura en la oscura habitación con olor a cera y de quejumbrosa madera: reza, canta un responso y esparce agua bendita sobre el féretro. Y esto mismo hará a lo largo de los dos kilómetros que hay a la iglesia, donde crespones negros, aire tétrico y ahogados suspiros dan un eco de trascendencia a la misa con su homilía. Terminada ésta, en el atrio, más rezos y responsos: canta el cura y recoge los dineros el sacristán. Toda la ceremonia es seguida por Demián con el corazón encogido y arrobado es sus tribulaciones.

Con el depósito de la caja en la fosa llegan al paroxismo las quejas, los abrazos y los llantos, que van desvaneciéndose al ritmo del golpeteo de la tierra en la madera…

En el aire las nubecillas azules de los cigarros de los primeros en irse se van haciendo cada vez más grandes para desaparecer -como tantas vidas- sin dejar rastro. Demián aprieta la mano de su madre para que le ayude a encajar la puya que Tánatos acaba de infligirle y a subir la cuesta de regreso a casa.

03 marzo 2013

Domingo ocre

Hoy salí a pasear. Nada especial. Ni frío, ni calor. Ni sol, ni lluvia. La definición de Domingo.

Sin rastro de excitación en el ambiente pero con una cámara de fotos recién comprada salí al parque de siempre.
De los cuatro cisnes que nacieron en Junio quedan dos.

Sus plumas, ni gris infantil ni blanco maduro, sugieren una tranquila adolescencia.


Su reflejo en el agua es lo más parecido al recuerdo de los hermanos que ya no están.


A falta del crucigrama de La Voz, o del suplemento dominical, un ejercicio de agudeza visual ¿Dónde está el pato?

Feliz Domingo.

15 enero 2013

Fauna doméstica

Fue hace 4 años...


Fugaz, ágil y muy lista; así es Chispa. Grácil, juguetona y algo recelosa; así es Gaya. Negra la primera, marrón blanquecino la segunda. Son mis dos nuevas gatas recién llegadas. El día 12 de enero abandonaron el centro de acogida y fueron adoptadas por mi familia. Desde entonces pasan las horas pululando por la casa, husmeando en cada rincón, olfateando todos los objetos, saltando a sillas y sofás, devorando los granitos de pienso a espuertas, jugando con cada cosa que se mueve, lamiéndose o mordiendo el rabito de la compañera, trepando al mueble más alto, tratando de tomar entre sus uñas los tiradores de las cortinas, rascando las alfombras e intentando meterse debajo de las mismas, escrutando cada recoveco de las habitaciones, oteando el jardín desde cada ventana, y, por fin, ya transidas, tumbarse en el sofá al lado (mejor encima) de sus amos. - ¿Amos? Es una forma de decirlo, ya sabemos que los gatos no tienen amos.- Con la banda sonora de su ronroneo nos miramos, nos acariciamos, y el mundo parece alcanzar una armonía muy diferente a lo que en el telediario nos están contando. Las miro y me responden con cariño y curiosidad, la misma que yo siento por lo “cocinado” en la urdimbre de sus neuronas. En un estado de arrobamiento común transcurre el tiempo... hasta que un ruido en cualquier punto de la vivienda o de su alma las pone en vilo y arrancan veloces en cualquier dirección. Yo las contemplo y siento una gratitud inmensa a esos cuerpecitos dúctiles y vivos, muy vivos; y me quedo pensando la transformación por mi sufrida hacia -y por- estos animales, otrora absolutamente indiferentes. Son los vericuetos de mi mente horadados por las inteligentes uñas de Gris.

¿Gris? Mi primera gata. Ella, tan especial y zalamera, fue la que me provocó ternura, hilaridad, cariño y apego a estos mamíferos. Fue la que les franqueó la puerta a Chispa y Gaya al irse...

Su partida fue una dosis alta de dolor, un recordatorio del final de los ciclos, un enfrentamiento con la guadaña que siega los días, una concentrada píldora de ausencia.

Gracias, Gris, por tu compañía y cariño. Ya no tengo tu viva mirada ni tu calor en mi regazo; ahora te imagino paseando por el éter, afilando tus uñas en nubes de algodón, brincando feliz entre mariposas multicolores y rondándote la cabeza los trinos de inquietos pajaritos.

Gracias también a mi esposa. Ella es la que trajo primero a Gris y ahora a las dos que en este momento corretean por las escaleras; la que les da de comer cada día y cada día les habla y las jalea; vela por su salud y remedia los desaguisados que a veces provocan.

13 octubre 2012

El año que paseamos intensamente

El parque de mi barrio es como tantos otros en este país. Larga avenida de álamos centenarios, macizo de flores, grandes explanadas de hierba, columpios y el obligado lago artificial con patos, cisnes y cormorán.

Recuerdo la primera vez que lleve a Jueves. Día otoñal y multicolor como sólo se ve en Escocia. El carrito aun guarda las marcas de mis uñas en el manillar. Padre y abuela no consiguieron calmar mi angustia. El temor casi febril a aumentar la marca que el sufrimiento que nuevas experiencias y estirones dejaban en sus ojos me ahogaba. Ella disfrutó. Pero la inseguridad y la culpa por no poder borrar su padecimiento no me dejarían dormir hasta dos meses mas tarde.

El invierno llegó. Jueves sonríe, pero sigue su titánica lucha por entender la vida y superar el dolor de crecer. Tormentas, nieve, hielo y nuevas alianzas. A la sempiterna abuela y el padre se unieron la asistente sanitaria, la medico de cabecera y la pandilla de madres primerizas de la zona.


Tras un extraño invierno, llegó una repentina primavera. Campanillas, crocos, narcisos... plantas que otros años esperaban su turno para florecer reventaban casi al mismo tiempo. Con aquel caos llegaba una añorada rutina. El aire del parque colmaba de alegría a la pequeña Jueves, que empezaba a dominar la risa. Más lenta, su madre también despertaba de la pesadilla invernal. Las tardes de sábado paseando en soledad por la ciudad y las noches de viernes leyendo Antigua Vamurta en el banco de un viejo restaurante chino mientras esperaba por una cena para llevar fueron los mejores regalos que el padre de Jueves me pudo hacer.
Junio

Julio
Agosto
El verano fue lluvioso, plomizo y frenético. La pequeña Jueves ya no era pequeña. El descubrimiento de aguacates, arándanos, manzanas y otras delicias la hicieron grande. La curiosidad por los perros, gatos, patos y cisnes del parque tensaron sus músculos haciéndola fuerte. Los columpios, los juegos con otros niños y el mar de la tierra de su madre la hicieron feliz.

Y volvió el otoño. Y encontró a otra Jueves. Aquella sufrida desconocida es ahora una chica tranquila, dicharachera, observadora y muy sociable. La Emperatriz del Parque saluda a sus súbditos desde una carroza que ya no siempre conduce su madre. Interés, inteligencia, dos meses como padre a tiempo completo y la jornada partida hacen al padre de Jueves -o, como ella lo llama, "Da"- un chófer de admirable competencia. Las chicas de la guardería también se han ganado su amistad.

Mientras, espero el siguiente desafío. Tensa y expectante por un lado, aliviada por otro porque en esta maratón que es ser padres, tras mucho esfuerzo, por fin, hemos superado el precalentamiento.

23 septiembre 2012

El colegio

Un nuevo curso ya está aquí, y una nueva Ley de Educación aparece en el horizonte.

Los ya mayores oímos reiteradamente que, en la actualidad, a los adolescentes se les da las cosas muy mascadas en casi todo, y también en la enseñanza: libros amenos, medios audiovisuales, laboratorios bien montados, clases de apoyo, ordenador a pie de cama, cómodas bibliotecas, aulas con calefacción, etc. Yo suelo agregar enormes mochilas más pesadas que la ciencia que transportan.

Han mejorado los medios; no obstante, hay carencias importantes que no se corrigen. Se carece de método y capacidad para despertar el interés por el saber, para que la curiosidad sea el aguijón para el descubrimiento, para presentar al estudio como incentivo de una vida más plena y al conocimiento como base para un protagonismo de la propia vida. .

Debemos ser conscientes de que entre lo que se les trata de enseñar y lo que a ellos les gustaría aprender hay una distancia insalvable, de que es menester acercar ambos puntos.

No se les ayuda, creo, disminuyendo el esfuerzo; éste es necesario y formativo, pero no debe ser baldío y origen de decepción y melancolía. Se les exige mucha materia sin poder profundizar en ella, quedando sin comprender el objetivo de una buena parte de la misma. Se les pide un aprendizaje adulterado por la óptica del profesor en forma y contenido: es increíble lo distinta que puede ser una misma asignatura en centros diferentes. El enseñante tiene que estar preparado, personal y profesionalmente, para crear interrogantes en sus pupilos, para educarlos en lugar de instruirlos, para evitar tener un alumnado atestado de datos pero falto de conocimientos, para conducirlo a pensar en lugar de chapar, para que el ánimo sea superior al tedio del aprendizaje, para que lo trabajado hoy sea un estímulo para mañana... Mucho fruto para tan poca simiente.

Es obligado ser autocríticos y admitir la ineptitud de muchos padres, la ineficacia de unas leyes y unos educadores desmotivados y faltos de pedagogía en una proporción estimable.
Así me parece.

12 agosto 2012

Pesadumbre

Estos versos pretenden ser un complemento al “Temprano adiós” publicado hace aproximadamente un mes.

Fue la ola marina
que se hizo espuma.
Fue la escritura del libro
que se quedó en la tapa.
Fue la plácida noche
que destruyó el alba.
Fue la plática larga
que estranguló la palabra.
Fue el corazón dolido
que no recuperó la calma.
Fue el transparente rio
que se quedó sin agua.
Fue el frondoso árbol
que le podaron las ramas.
Fue el hermoso diario
que le robaron las páginas.
Fue la delicada flor
que el viento dejó quebrada.
Fue la flamante embarcación
que terminó encallada.
Fue el fausto baile
que no llegó a danza.
Fue una alegre risa
que se hizo lágrima.
Fue el caminar transido
que no aguantó el alma.
Fue todo cuanto dicho
hecho plegaria…

27 mayo 2012

La primera comunión


Demian  se sorprende al verse en el espejo vestido de blanco con charreteras y cordones dorados. Ha pensado mucho en ese día y se ha preparado para él;  sin embargo nota una aureola de confusión y una inexplicable melancolía. Mucho ha oído que el día de la Primera Comunión es de los más felices de la vida, pero a él le parece que no promete mucho.
Hay en casa más gente de lo habitual: han llegado familiares y amigos para su fiesta.

Se adelanta a los invitados y arrastrando sus pecados se enfila hacia la capilla, que está muy próxima. Cuida de no manchar la blancura de sus zapatos con la tierra del camino, pero no puede evitar enrojecerse de vergüenza cuando alguien de la aldea lo mira: tales galas no son para quien las porta, piensa él.

El cura lo espera para dejarle tan blanca el alma como sus zapatos. Es un confesionario sencillo, de esos que no son más que un banco cruzado perpendicularmente por una celosía, única separación entre confesor y confesado. Esto no gusta nada al comulgante, pero se acerca -nobleza obliga-  y se arrodilla con piadosa actitud. Con extrema diligencia suelta la fórmula aprendida y el hatillo de sus culpas. Se siente reconfortado cuando, absuelto ya y con la penitencia en su memoria, se ve libre de la halitosis  del abad.

En el atrio, familia y amigos van llegando:  besos, felicitaciones,  fotografías, alabanzas, promesas y parabienes… Demian se siente halagado y, al mismo tiempo, ajeno a todo ese rebumbio que cree algo postizo. Disimula con una sonrisa.

El pequeño almirante entra en el templo de los primeros y ocupa un lugar preferencial. En hierática pose permanece durante la ceremonia. A ratos, echa un vistazo al triángulo dorado que encierra el ojo divino que todo lo está viendo desde lo alto del altar.  Ahora su alma está sin mácula, mas el pecado es fiel perseguidor y  un soplo de congoja le llega  al pensar lo fácil que es dar un tropezón y embarrarse hasta el cogote.  Se defiende con la idea de que no es momento de asumir una contrición anterior a lo que ha de provocarla.

Termina la ceremonia y son más fotos y abrazos lo que toca. La parte seria del día ha pasado. Un almuerzo en el jardín de casa y una tarde de juegos, que con el declinar del sol va siendo más divertida y borrando protagonismo a Demian, completan el día.

Se despiden los invitados y se complace con la grata levedad que le proporciona el despojarse del uniforme y verse el niño de siempre. Y para siempre queda  convencido de que, de la misma forma y en otra ocasión, lo pasará muy bien  cuando “otro” haga  la Primera Comunión.