Es el reloj al tiempo lo que el cartero a la correspondencia: cuenta y reparte los sobres, pero ignora su contenido. Llenar ese contenido es labor de cada uno, y esa labor deja cada día su huella como el mar deja su marca con cada ola. Desgasta, forma, alegra o hiere…
Con este párrafo iniciaba la carta que, hace unos días, enviaba a mis compañeros de promoción con motivo de la celebración de los 40 años de nuestra graduación. Años cargados de vivencias y contingencias incontables; transcurridos con celeridad y absorbidos con débil consciencia en su mayor parte, considerados en su conjunto. Ahora nuestros cuerpos son otros, el corazón y la razón se han vuelto de mejor sincronismo y los recuerdos pesan más que los proyectos.El trotar diario fue hollando hojas de calendario que el viento esparcía a su capricho y que, caprichosamente también, ahora reunidos, tratábamos de poner en orden y borrar de ellas los efectos de la intemperie. Décadas concentradas en horas, almanaques que tornaban los días en anécdotas… Una vida ya casi ida comprimida en un encuentro. Y un encuentro con la vida: una caída paulina del caballo existencial que tantas veces se desbocó. Vida, encuentro… Asociación que trae a la memoria (¿quién mejor protagonista cuando ya peinamos canas?) el título de aquel libro tan vendido en los años 60 y 70: “La vida sale al encuentro” del jesuita José Luis Martín Vigil.

Que bien escribes compa, cada dia mejor. Un abrazote.
ResponderEliminarGracias, querido Antonio. Tú que me lees con benevolencia.
ResponderEliminarUn abrazo.
Es muy curioso. El libro "La vida sale al encuentro", que me recuerda a la reciente "el viento se levanta" (y hay que vivir), no me suena de nada y, en algún momento fue un libro que los adolescentes intercambiaban. Y no es la primera vez que sé de un título olvidado que años atrás fue una revelación.
ResponderEliminarMe ha gustado muchísimo el final del escrito, con esa idea de círculo o mejor aún, de castillo reconstruido una vez y otra. Posiblemente sea así. "Los cascotes se hicieron piedra y la piedra edificio". Es un gran verso.
Un abrazo.
Puedes imaginarte como el libro de marras, al recordarlo, me abstrae y acuna en aquella época (1967). Confirmaba pensamientos tuyos y te alimentaba la imaginación para otros. Además daba pie para comentarios con los amigos, que sin él no hubieran surgido. Una dictadura, un jesuita díscolo y unos adolescentes en plena eclosión: los días toman otro color.
ResponderEliminarTodo ello me llevó al final del escrito que tú destacas, cosa que me complace mucho.
Saludos
Ningún material nuevo aparece sino que con los del viejo se construye el nuevo mundo. Los cascotes deteriorados del antiguo se convierten en sillares rutilantes de lo nuevo.
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