
En los ya lejanos tiempos en que era estudiante de bachillerato el que ahora aporrea las teclas, pocos eran los días en que terminadas las clases se iba a casa. Por el contrario. Como la mayoría, sus pasos le llevaban al salón de billar, a la terraza de mejores vistas cuando el reducido peculio lo permitía o, sobre todo, a la ineludible calle del paseo. Aquella calle que diariamente recorríamos en ambos sentidos una y otra vez buscando, despreocupadamente buscando: el encuentro fortuito, la mirada curiosa, el adiós cómplice, la frase inacabada de la que te cruzas, el último chisme de un compañero, el desahogo de la bronca con tus padres, la justificación de la mala actuación en clase de inglés, el aliento para preparar el examen de mañana, la confirmación de que Javier y Lola son pareja, la linda blusa que hoy lleva Bety, el reflejo en el cristal de un escaparate de Rosa que viene detrás, las preciosas piernas de Berta que va con su amiga la fea, el pretencioso Abel que estrena chaqueta, la nueva chica del instituto que luce generoso escote, y también... el padre de Ana que sabe que estoy loco por su hija.
A día de hoy es muy distinto. Nada más traspasar la puerta del colegio, la mayoría de los jóvenes se suben a un autobús que los dejará en la puerta de su casa; allí estarán en comunicación con sus amigos y compañeros mediante el móvil y el ordenador, pero carecen del contacto cara a cara, no perciben olores ni sensaciones, sonrisas o miradas esquivas, es decir, las emociones se reducen. El Botellón solventa estas faltas. Se convierte en una zona de reunión, al aire libre, en donde se bebe (no todos), se habla, se observa, se provoca, se curiosea, se encuentra y se es encontrado. Esa disimulada soledad que tanto adolescente padece tiene ahí una estupenda terapia, barata y poco comprometida. La debilidad del vaso de plástico, la ausencia de hielo y otras incomodidades que pueda tener son cosas que, a la segunda copa, han perdido importancia.

Lo anteriormente esgrimido me parece uno de los factores más importantes por los que se mantiene el botellón. Cierto que su aparición tiene lugar por la carestía de las bebidas alcohólicas en bares y discotecas, argumento difícilmente rebatible y suscrito por una buena cantidad de adolescentes; sin embargo, yo no creo que sea el único causante de esta moda que, probablemente, perdurará por mucho tiempo.








