17 diciembre 2014

Navidad



A ritmo de villancico la Navidad se acerca.  Por mandato cronológico es obligado ser felices, magnánimos con los demás,  acallar el ruido interior con el tronar de la zambomba,  hacer la dicha directamente proporcional al número de comensales,  esforzarse en malabarismos verbales para que no se descomponga la urdimbre familiar que en estos días se muestra más compleja, cristianizar lo pagano y paganizar lo cristiano para demoler la incoherencia,  hurtar de la memoria infantil páginas que ayuden a ocultar otras en blanco o con borrones de madurez,  forzar la composición de un puzle diseñado  para disimular el vacío de conocimiento y la ausencia de singularidad.

Mas  lo  escrito que no induzca al lector a pensar que es el desahogo de un resentido, el escape de un melancólico tristón, la catarsis de un enojado con el mundo,  o el manifiesto de un esnob;  porque estaría errando: ninguno de los supuestos me contiene.  Me gustan los turrones y detesto los villancicos. La Navidad no me enfada  ni me entristece, no me ciegan sus luces ni me desilusionan los reyes con sus camellos.  Me eleva el ánimo la cara gozosa de tanto niño y me lo baja el rostro ajado por las arrugas de la carencia o el rictus de la desgracia de tanto ser decente.  Son mis líneas superiores la decantación  de una reflexión  impuesta  por el tiempo vivido y la inevitable observación. 

Paz a los hombres de mala voluntad,  y que ésta torne su sentido en virtud de aquella.

10 diciembre 2014

Dulce honradez

"El mundo fue y sera una porquería
ya lo se
En el quinientos seis
y en el dos mil también."

Por eso hay una anécdota de mi hija Jueves, entre las decenas que genera un niño pequeño, que difícilmente voy a olvidar.

Se acercaba el momento en que había que sacar los pañales a la mingurrias. Ella había cogido tanto apego a ese invento que le permitía jugar sin interrupciones, que no estaba dispuesta a admitir que no siguiese en el catálogo de moda 2014. Además, creía estar a un paso de empezar a cambiárselos ella sola. Para contrarrestar esto, los padres recurrimos al clásico método del soborno. Meas en el tiesto y -pim, pam- toma Lacasitos. Todo iba estupendamente hasta que un día, cuando me iba a por el chocolate, ella me para.
El Lacasito bilingüe

-¡No!

-¿No quieres Lacasitos?

-Ziiii

Entonces me lleva hasta la habitación, abre el cajón donde supuestamente estaban "escondidos", los saca y ella sola se sirve. A pesar de tener todo el bote secuestrado en su puñito, toma la cantidad justa, abre la mano para que vea lo que hay, me mira y dice:

-¿Okey?

Desde entonces se los empezó a echar ella. Con el tiempo aumentó la cantidad en un Lacasito, pero nunca fue más allá. Hubiésemos podido regatear, pero no lo hice porque de todos es sabido que en cualquier negocio siempre hay alguna ganancia asociada a soplarse al intermediario.

Cuando ocurrió esto, los Bárcenas, Fabras y Urdangarines paseaban por la piel de toro como si fuese suya. Recuerdo haber mirado al tubo de chocolate y pensar "esta niña no puede volver a España". Hoy ¿quién sabe?

01 diciembre 2014

Cuaderno de Vacaciones



Chico de colegio bien (El Pilar) y de barrio señorial de Madrid (Salamanca), de cuidada indumentaria y  esmerado peinado,  con reflejos de pulcritud  en todo cuanto le rodea y, lo más importante,  conciso y calmado en la palabra; siempre ésta  manifiesta prueba de un ser inteligente y cultivado.

Luis Alberto de Cuenca  es  persona interdisciplinar. Le interesa el cine, la radio, la televisión, la música… y el libro. El libro como sujeto voluptuoso y objeto de biblioteca, el libro como causa cultural y efecto  de la creatividad, el libro como bien necesario y motivo de culto.  A él ha dedicado su vida y en él ha dejado su esfuerzo  como lector, como escritor y como recopilador.

El día 9 de diciembre será el invitado en El Club de Lectura de la Vaquería, codirigido por mi amiga Violeta Dávila, en Madrid. La distancia y otras circunstancias adversas, muy a mi pesar, me impedirán asistir. Se leerá y comentará su última obra CUADERNO DE VACACIONES.  Poesía de la buena que se deja leer con agrado y deja un regusto de cultura y cotidianidad. De métrica libre y algún soneto; que parece provocada por la última vivencia,  por el deseo presente o por la futura desaparición. En la que aparece Petrarca y Google,  Epicuro y  la desesperación, Dios y el hombre, Séneca y  Pachá, el gozo y el insomnio, la sensualidad y el hambre…

Parece loa común a un libro decir que desde su inicio ha sido imposible separarse de él. No fue éste el caso.  Sus 85 poemas los fui leyendo y deglutiendo a lo largo de tres días para mejor saborear el placer de su ingesta. Para quien guste, aquí dejo una prueba:
 

 

Lo mató la vida muy pronto.

Se apagó el fuego que alumbraba

las pupilas del niño triste

cuando mordía una manzana,

acariciaba a su mascota

o leía cuentos de hadas.

Pero su fuego sigue ardiendo

en mis victoriosas mañanas,

tantos años después, y alumbra

la noche oscura de mi alma.


23 noviembre 2014

El punto ciego de Podemos

Hace bastante tiempo hablaba del punto ciego moral que todos tenemos. Viendo las últimas noticias sobre Podemos, me volví a acordar de él.

Resulta curioso ver cómo Íñigo Errejón presume de sus declaraciones para inmediatamente ser vapuleado por hordas de tuiteros indignados. Mientras, algunos miramos a esa cúpula compuesta por politólogos de la Complutense y entonamos el "se veía venir".

No tengo duda de que cuando los líderes del nuevo partido dicen ser gente decente y merecedores del apodo de "azote de la casta", lo dicen con sinceridad. Pero les tocaron el punto ciego. Porque, sin saberlo, han crecido en una de las pozas más endogámicas y, por extensión, corruptas de este país: la Universidad Complutense. Obviamente, no toda está podrida (ni siquiera la mayoría), pero creo que quienes hayan hecho o intentado hacer un doctorado saben de lo que estoy hablando.



(Sé que el vídeo se de TeleMadrid, que no es bastión de la neutralidad informativa, pero el radicalismo es síntoma de ignorancia y eso es algo que no debería verse en una universidad).

Íñigo Errejón cobró por hacer un trabajo que, según el contrato, necesitaba una dedicación de 40 horas semanales para ser terminado. Incluso si fuese un genio -algo improbable, sino no se hubiese plantado en los 31 tacos de eterno eventual- no salen las cuentas.

En estos momentos, imagino a Pablo Iglesias y compañía reunidos intentando entender qué ha pasado. ¿Por qué lo llaman "contratación a dedo"?¿Acaso no es normal que, si tienes oportunidad, ayudes a un amigo en paro ajustando lo más posible la descripción de un puesto de trabajo a su perfil? Y ya si puedes ¿No es de colega exagerar un pelín las horas necesarias para acabar el trabajo para que tus jefes le paguen más? Y vale, cobró de Podemos mientras tenía ese contrato exclusivo, pero tampoco es que hayan robado millones como los de los grandes partidos.¿Quién lo va a notar? Es picaresca sin víctimas ¿No es lo que hacemos todos?

Obviamente no, no es lo que hacemos todos. A la mayoría de la población le entraría la risa floja si su contrato de cuarenta horas semanales solo implicase cuarenta. Pagan lo justo a amigos y extraños porque lo que entra en la billetera del asalariado sale de la de un jefe con la soga al cuello. Los otros políticos roban más (aunque muy hormonado tendría que estar el toro extremeño para tirar lo mismo por el puente aéreo), pero no se forjaron sin más discurso que la mesiánica promesa de limpiar el templo de mercaderes. En cuanto a las víctimas, que se lo digan a esta miembro de la Plataforma Anti-Desahucios de Málaga (si el enlace no funciona, haciendo click en la imagen se ve más grande):


Podemos saldrá de esta, porque es fácil. Todo lo que tiene que hacer Errejón es presentar un informe sobre la situación de la vivienda en Málaga que se ajuste a lo esperado. Sólo en el Comité Ciudadano hay más de veinte alumnos de su facultad. Se conocen. Se aprecian. Han vivido mucho juntos. Seguro que la mayoría están dispuestos a pasar día y noche trabajando o coaccionando alumnos para cubrirle las espaldas a un colega en apuros.

Pero, cuando un partido tiene tantos peces gordos criados en la misma charca, es lógico pensar que esto sólo es el principio. Seguro que las "becas black", las acusaciones de prevaricación a la novia de Iglesias, las sospechas de que al responsable de financiación de La Tuerca le falte un tornillo o la colocación de una chica hasta ahora sólo conocida por airear las domingas en una capilla (no envidio la resaca del día siguiente) y ser la novia de Errejón como número trece del Comité de decisión (Villarejo es el sesenta y dos) son la punta del iceberg. Y no porque sean corruptos, sino porque, en sus círculos, no hay distinción entre amiguismo y amistad. Es su punto ciego.

Como decía un sabio profesor, lo único que hace falta para tener trapos sucios es vivir lo suficiente. Nadie está libre de pecado y pocos son los que no lo entienden. Pero lo que sí es decisivo es lo que se haga después. Reconocer nuestro punto ciego es difícil pero, una vez expuesto, ignorarlo puede ser letal.

16 noviembre 2014

El acebal



 
Es el final de la tarde. Pacen calmosos unos semovientes en el silencioso ocaso que se acerca. Las enrevesadas formas alargadas de las nubes dejan pequeños resquicios por los que se despide el sol. El leve movimiento del ramaje de los acebos es como un pestañeo de la naturaleza. Cruje la grava al son del  lento caminar del magnánimo maestro y del atento pupilo; haciendo  el primero de su verbo viva enseñanza para el segundo.

Sin alzar la voz, casi susurrando, los dos caminantes  gozan de la palabra como la más placentera fruta del atardecer; degustándola a cada paso en concordancia con la quietud y el amplio horizonte  que les acoge. Nada perturba su plática: un remanso en el fluir vital, otrora lleno de cataratas y rápidos.

No importa el tema (el último libro, el próximo viaje,  la paternidad, el soberbio  autor que pasa desapercibido y la mediocre obra de la que todo el mundo habla…). El maestro, con afabilidad y sapiencia, suelta al aire  pensamientos y  sentencias que el aprendiz recoge con gozo y gratitud, como obsequio  inesperado,  como  refrescante lluvia en  tarde bochornosa. Y como neófito percibe la complacencia del instante, el  latir del universo proyectado sobre el suelo que pisa  y el roce de lo inefable.

Se despide del maestro al final del camino, contempla  el paraje de ocre pálido moteado de lamparones verdes,  llena sus pulmones del tibio aire y el alma se regocija con la satisfacción  de la apetencia colmada.